Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 4 Diciembre, 2015

El fin de la especie es ahora algo más que una “crónica de una muerte anunciada”: es un destino inexorable si la humanidad no cambia

La humanidad y su destino

Desde una de las ciudades más emblemáticas del mundo como es París, se levantan voces de alarma.
Por esos avatares de la historia, “La ciudad luz”, “La capital del amor” y otros calificativos laudatorios que han hecho de la capital de Francia la meca del turismo mundial, se ha convertido hoy en el lugar donde la humanidad debe enfrentar su destino inexorable a inicios de un nuevo milenio.


Este destino apocalíptico tiene una sola causa: LA VIOLENCIA engendrada por sus propias acciones. Por “destino” entendían los griegos la suerte que los dioses deparaban a los humanos sin tomar en cuenta su albedrío. Dentro de esta concepción fatalista, el ser humano era considerado culpable sin por ello ser responsable.
Se le achacaba un delito (hybris) de soberbia (“prepotencia” diríamos hoy). El modelo de ese tipo de hombre era Edipo, el mítico rey de Tebas, asesino de su padre y amante de su madre, sin por ello ser culpable, pues cometió esas atrocidades sin su conocimiento. Edipo llegó a ser un monarca todopoderoso porque demostró estar dotado de una inteligencia que indujo a los ciudadanos de Tebas a endiosarlo… ¡Y él se lo creyó!
Reflexionando en lo que ha acontecido en París como escenario de eventos dramáticos en días recientes, he evocado este mito, convertido en obra maestra de la dramaturgia universal gracias al genio del griego Sófocles. El destino trágico de Edipo es tan solo una bella metáfora que contiene una alucinante predicción de lo que podría ser a corto plazo el destino de la humanidad entera.
Edipo sufrió las consecuencias negativas no previstas de sus actos. Estas consecuencias se convirtieron en su destino inexorable: quedar ciego. Pero el destino al que hoy se aboca la humanidad no es idéntico al del mítico y trágico Edipo, ni en sus consecuencias ni en sus causas.
La ignorancia de su pasado indujo al héroe trágico a su fatídico desenlace. Todo lo contrario a lo que le sucede al hombre moderno. Es la voracidad sin controles éticos y legales por parte de las trasnacionales (occidentales y chinas principalmente), especialmente las que monopolizan la extracción del petróleo y su comercialización, la que ha provocado la violencia terrorista de grupos fundamentalistas islámicos originarios del Medio Oriente, el recalentamiento del clima y la destrucción desenfrenada de un sinnúmero de especies vivientes.
París nos ha lanzado un S.O.S. Primero fueron los atentados causados por fanáticos entrenados y financiados por potencias occidentales y sus aliados locales; ahora es la humanidad entera la que allí se da cita para lograr un consenso político vinculante, a fin de detener los efectos deletéreos del calentamiento global.
Más de 150 dirigentes políticos, cientos de científicos y miles de activistas levantan su voz tratando de despertar la conciencia de la humanidad frente a la amenaza de una catástrofe sin precedentes.
El fin de la especie es ahora algo más que una “crónica de una muerte anunciada”: es un destino inexorable si la humanidad no cambia.
Por eso la cita de París debe ser vista no solo como una cumbre de políticos; debe constituir también, y en no menor grado, una pausa que nos haga reflexionar sobre el rumbo que debemos tomar si queremos tener un futuro de esperanza y no de zozobra.
La ciencia debe desembocar en la sabiduría, porque, como decía el filósofo Kant, la madurez de la razón solo se da con la toma de conciencia de nuestras propias limitaciones.

Arnoldo Mora