Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

Enviar
Lunes 1 Febrero, 2016

 Hoy todos tenemos tarjetas ganemos lo que ganemos y tengamos lo que tengamos

La gran estafa

Uno se da cuenta que pertenece a la clase media cuando debe más de lo que recibe. El camino para endeudarse es hiperdeslizante. Como en un tobogán encerado uno cae en un dos por tres a una piscina donde flotará a veces, siempre se sentirá ahogado y, para intentar salir, tendrá que nadar mucho y muy fuerte.
¿Cómo empieza? Los bancos regalan tarjetas de crédito. Sí, las regalan. Hace 20 años yo no era sujeto de crédito por lo tanto no podía tener una tarjeta a menos que fuera la adicional de otra persona. Años después me ofrecieron una en un supermercado y, a pesar de que seguía sin ser sujeto de crédito, me la regalaron con solo presentar la cédula. Hoy todos tenemos tarjetas ganemos lo que ganemos y tengamos lo que tengamos…
Algunos deciden usarla solo para emergencias y lo logran. Por un tiempo. Hasta que un día no llegan al 27 del mes y tienen que comprar, a crédito, la comida de una semana; o pagarle a un especialista un tratamiento de nervios carísimo; o cancelar algún servicio básico antes de que lo corten. Esos son los más responsables.


Los menos responsables, los que llegan al 22, si acaso, a lo anterior le agregan: una comida en restaurante, aprovechando el increíble descuento que ofrecen todas las tarjetas; un producto en oferta que la próxima semana no estará a ese fantástico precio; un antojo que hace mucho quiere, es su cumpleaños y se lo merece
Eso sí, los irresponsables no tienen límites, aunque su tarjeta sí lo tenga y, si además padecen del pecado de la ostentación, gastarán hasta que el crédito se acabe.
Y todos quieren aprovechar las ventajas de la Tasa Cero: poder acceder a un smartphone, una tableta o una computadora que, de otra manera, jamás tendrían.
Los privilegios que nos ofrecen las tarjetas (a veces hasta en color rosado) son mínimos comparados con los beneficios económicos que ganan los bancos gracias a nuestra ingenuidad, por no decir tontería.
Así, un día caemos a la piscina de las deudas sin saber nadar, y del sector financiero nos tiran un salvavidas salvador, valga la redundancia, ofreciendo asumir nuestras deudas y dándonos la posibilidad de pagárselas a lo largo de un año, en cómodas cuotas mensuales y sin intereses. Uno cree que está haciendo un “negocio”. No, nada que ver porque hay que pagar un sinfín de gastos administrativos que, sí claro, nos los explicaron, pero al final y rapidito.
Nada de lo que les cuento es nuevo, es parte de ese engranaje que las grandes entidades financieras crearon para el beneficio de unos pocos, provocando entre 2007 y 2008 una crisis económica mundial como no sucedía desde 1929.
Para poder entender algo de ese complejo descalabro está “The Big Short” (“La gran apuesta”) nominada a mejor película este año. Está contada desde el punto de vista de los malos: un ambicioso desalmado, dos jóvenes juguetones, un neurótico en tratamiento y un genio desconectado de la sociedad. El ritmo es vertiginoso y la forma de relatar, original y novedosa.
Eso sí, al salir de la película, uno sabe con certeza que forma parte de los asaltados.

Claudia Barrionuevo
[email protected]