Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 17 Abril, 2014

Sobre su escritorio (el del Presidente electo) una cargada agenda enturbiada por una espesa corrupción que ya hace metástasis en el sector público


De cal y de arena

La finca encharralada

Si algo marca una profunda diferencia entre don Luis Guillermo Solís y doña Laura Chinchilla es el instinto político presente en él y ausente en ella.
La mandataria lo hizo evidente desde el inicio de su gestión: su extravío político empeoró con un gabinete de igual astenia política y terminó de agravarse con su entrega al “Dragón de Llorente”.
Nada apunta a que el nuevo gobernante vaya a engrosar la lista de émulos de Juan de Cavallón. Su instinto político alienta el optimismo y la esperanza de que pueda articular los acuerdos multipartidistas indispensables para sacar al país del atolladero en que cayó.
Para despejar especulaciones y precisar cuán encharralada realmente está la finca, el Presidente Solís ordenará un diagnóstico minucioso y de alto sentido profesional de los principales y más influyentes ítems de la actividad estatal, concluido lo cual —obvio— tendrá que apelar a una distinta expresión del lenguaje coloquial que a él tanto le gusta para mejor puntualización de cuán espeso es el breñal.
Si ayer supo echarse a la espalda la campaña para la cual los analistas lo pintaban desarmado, ahora tendrá que apelar a eso que en política se llama el buen juego de cintura requerido para echar a andar una idea, un proyecto, y para convocar coadyuvancias de distinta marca para lo cual suman su hoja de conducta, su autoridad moral y su vocación por el diálogo y la persuasión.
No obstante estos méritos personales de gran valor y el aplastante aval del electorado, Luis Guillermo Solís también tendrá que extremar su atención sobre el desempeño ordenado y coherente —sin puñaladas o zancadillas— de su gabinete y su cuerpo de asesores, brazos ejecutores de los acuerdos políticos que forje con el cuarteado arco político.
Sobre su escritorio una cargada agenda enturbiada por una espesa corrupción que ya hace metástasis en el sector público.
Le esperan la Costa Rica marginada, la inequidad, el desempleo y la falta de oportunidades; la seguridad social en crisis; un sector agropecuario desamparado; el desbarajuste fiscal; el complicado mundo de los privilegios y las canonjías que desangran los presupuestos; las pensiones, los escudos fiscales, los pluses y las nuevas versiones de lo que ayer fueron los CAT’s y que son los artilugios de hoy que agravan la evasión y la elusión tributaria; la tramitomanía que lastra todo esfuerzo productivo y que alcahuetea la inercia de la burocracia; las aventuras que precipitan más apertura comercial; la apurada designación de fichas en puestos vacantes cruciales; los muchos proyectos atropelladamente gestionados… (dicen que va directo con un filoso bisturí al MOPT).
Vasta tarea, imposible de asumir sin autoridad moral y sin vocación política para negociar los acuerdos que ordenen esta casa socialmente alborotada, con un Congreso fraccionado como nunca, sin liderazgos nacionales, con una juventud que empuja fuerte para cambiar… y con poderes fácticos en pie de guerra para defender sus cotos de caza.