Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 13 Enero, 2016

 Lo que firmó Penn en Rolling Stone, es el producto de un encuentro pactado en condiciones excepcionales que nunca recibiría un verdadero reportero, y prueba de ello es que el material fue revisado por el capo, cosa que por supuesto no ocurriría con un trabajo periodístico verdadero

Hablando Claro
La entrevista

Sin que sea ni de lejos lo más importante alrededor de la captura de El Chapo Guzmán, la entrevista de Sean Penn lograda gracias a la intermediación de la ahora tristemente célebre Reina del Sur Kate del Castillo, se convirtió en el elemento más llamativo de la jornada post-detención. Un asunto casi tan importante como la gran interrogante de cuántos obstáculos tendrán que subsanarse para la extradición. Rolling Stone publicó un documento de incuestionable interés. Pero llamemos las cosas por su nombre: la entrevista de Penn no es ni de lejos una entrevista periodística en el sentido estricto y riguroso del oficio. Con esto no pretendo aferrarme a consideraciones de inútil arrogancia gremial. Pero hay que clarificarlo: los ciudadanos consumidores de ese producto mediático, deben saber que ese documento no se elaboró a partir de las premisas de los productos periodísticos. Como si se tratara de un vino con denominación de origen y otro que es una copia barata o un genérico mal hecho. Aunque ambos se beban. Hay que saber qué es lo que contiene cada uno. Lo que firmó Penn en Rolling Stone, es el producto de un encuentro pactado en condiciones excepcionales que nunca recibiría un verdadero reportero, y prueba de ello es que el material fue revisado por el capo, cosa que por supuesto no ocurriría con un trabajo periodístico verdadero.
Lo indignante de esto es que solo en la última década en México han muerto más de un centenar de periodistas en el cumplimiento de sus tareas de informar sobre el crimen organizado, la corrupción y el narcotráfico. El periodista Javier Garza (El peligro de entrevistar al Chapo) sostiene que solo en los territorios mexicanos que domina el zar de las drogas (Sinaloa, Sonora, Durango y Chihuahua) han muerto 17 reporteros en los últimos siete años. Ellos no recibieron tratamiento especial. Ni escolta, ni almuerzo, ni hospedaje seguro. Fueron amedrentados y no aceptaron condicionamientos y terminaron ofrendando su vida porque se negaron a abandonar los principios éticos del deber de informar decentemente a la gente decente de su sociedad. Y de eso se trata. Es cierto que cualquiera puede hacer una entrevista. Pero no cualquiera hará una verdadera entrevista periodística. Por eso, como dice Garza Ramos, la entrevista de Sean Penn da vergüenza y rabia. Porque burla la sangre de los verdaderos periodistas caídos en el inmenso fango de la guerra brutal de las drogas y la corrupción en México.
Dicho lo anterior, tengo que coincidir como todos, en que Penn y Castillo hicieron un favor a esa lucha. Las ansias de inmortalizarse en el cine llevaron al narcotraficante a confesarse como el mayor mercader de cocaína, marihuana, heroína y metanfetaminas del mundo. Y además, el propio relato de Penn, permite constatar un hecho sabido: que el Ejército seguía protegiendo al Chapo Guzmán, razón por la cual la Marina era la encargada de burlar su impresionante cerco de protección. Un cerco que penetró el pseudo reportero Sean Penn porque así lo quiso Joaquín Guzmán. Con sus propias condiciones. Y en su propio juego. Eso se puede llamar de cualquier manera. Pero no es ejercicio periodístico.