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En medio de los enormes cambios que se producen en el mundo de hoy, se hacen evidentes con toda claridad los signos de vacío espiritual y sus consecuencias

“La desertización espiritual”

En medio de los enormes cambios que se producen en el mundo de hoy por causa de las nuevas tecnologías, los avances de la ciencia y las múltiples innovaciones que se producen por la confluencia de ambas, el ser humano se ve cada día más deslumbrado y maravillado por todo lo material, a la vez que se hacen evidentes con toda claridad los signos de vacío espiritual y sus consecuencias.
Una parte de la humanidad aprovecha al máximo este desarrollo material pero no todos logran vivir con el necesario equilibrio entre esto y una espiritualidad que parece indispensable para el disfrute de una existencia plena en donde reinen la salud mental y un sentimiento de felicidad sostenible.
Por otra parte, en muchos lugares del mundo, Costa Rica incluida, aumentó la brecha social, la falta de equidad, la incerteza de muchos de tener acceso a necesidades fundamentales de las sociedades como el derecho a la alimentación, la vivienda, la salud, la educación y la seguridad.
Por eso resulta oportuno, en fechas en que se cumple medio siglo del inicio del Concilio Vaticano II, reflexionar sobre aspectos que este señaló, porque más allá de distintas profesiones de fe o aun de quienes no profesan ninguna, hay ahí principios esenciales para la continuidad de la vida en sociedad, en un clima de paz y desarrollo inclusivo y sostenible.
Clima que prevalece cuando los gobernantes procuran el bien común. Cuando los niños y adolescentes son estimulados a estudiar y adquirir no solo los conocimientos sino la conciencia de los valores morales y la necesidad de ponerlos en práctica.
Cuando, al decir de Benedicto XVI, se frena “la desertización espiritual”.
Cuando todo el tejido social puede disfrutar las ventajas de los adelantos científico - tecnológicos aplicados a su vida para cubrir sus necesidades básicas, es que puede florecer el espíritu humano estallando en múltiples formas de expresión de la cultura, de la comunicación, de las relaciones y la producción.
Solo así se previenen las desviaciones hacia los nefastos caldos de cultivo que pueden producirse en la sociedad y que llevan a lo contrario: las malas prácticas, las carencias, la violencia y la delincuencia.
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