Abel Pacheco

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Lunes 19 Septiembre, 2011


PARLATICA
La Chonetera

Allá por los tiempos de mi lejana infancia, cuando los policías vestían de negro y los capitalinos nos manejábamos en tranvía traqueante y amarillo, todos los hombres, y a veces también las mujeres, usaban sombrero.
Por lo general la gente adinerada lo usaba de fieltro, ese material elaborado con pelos o lana de animales prensados y compactados, que no de fibras entretejidas.
En las ciudades, el máximum de la elegancia era portar sombrero Borsalino, prenda elaborada en Alessandria, Italia, según la técnica prensapelos de conejo que en el siglo XIX inventara don Guiseppe Borsalino ( 1834-1900).
Los gamonales campesinos preferían usar sombrero Stetson, originalmente fabricado con pelo de castor según el procedimiento descubierto por don John Batterson Stetson quien, allá por 1830 vendió los primeros entre los rudos buscadores de oro californianos, y después fue popularizado por John Wayne y otros vaqueros holigudenses.
Así cubrían sus cabezas los que disfrutaban de buenas entradas, los platudillos. Entre los pobres primero se usó un sombrero pajizo, que llamábamos “de pita”, sin que lo fuera. Esta prenda se deterioraba rápidamente en nuestro clima húmedo, por lo cual se buscaron alternativas como los hechos con lona, de rápida aceptación en los bananales y, desde ahí, se difundió a todo el país.
La forma de estos sombreros de poco costo, guarda semejanza con una habichuela nicaragüense rojiza y aplastada (Lunatus L. Leguminoceae), conocida como frijol chonete, y de ahí tomamos el nombrecito.
Como los ricos usaban sombreros de marca y los pobres chonete, la palabra pasó a ser sinónimo de pobre y la pobreza pasó a ser chonetera.
Y para despedirme les cuento que cuando pegamos el ala a la copa con una escalpela o sencillamente un broche, a la manera de los soldados australianos decimos que lo llevamos “a la pedrada”.
Pero tal frase no hace referencia a tan destapacocos accidente, no, hace alusión a la forma como el conquistador de Panamá Pedrarias Dávila usaba su sombrero, y deberíamos decir “a la Pedrarias”, pues así era originalmente la frase.
Y me despido quitándome ante ustedes respetuosamente mi chonete.

Abel Pacheco