Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 23 Junio, 2008

La nueva familia

Claudia Barrionuevo

Cuatro de la tarde de un jueves. Ya tengo el tema para mi columna del lunes. Estoy enferma y me cuesta concentrarme. Suena el teléfono. Contesto. Escucho el típico nacional “¿con quién hablo?” —que no deja de molestarme— y respondo —como siempre— “¿con quién quiere hablar?”. Una mujer del otro lado de la línea me dice “con mi hermana”. Me hace gracia y le aseguro que no soy su hermana. Quien llama se ríe y se disculpa. Cuelgo. Pienso “¿cómo puedo asegurarle que no soy su hermana?”. Recuerdo una obra de teatro que escribí sobre ese tema: las paternidades desconocidas. Y vuelvo a pensar en el artículo de hoy: la familia.
Cuando mi hermana era pequeña tenía unos muñecos muy simpáticos de Mattel que se llamaban “Happy family”, familia feliz. Eran unos personajes más bien hippies en su aspecto que representaban el núcleo familiar tradicional: mamá, papá, hija, hijo, abuelos, perro, gato. Idílico, sin lugar a dudas, pero ya alejándose de la realidad rápidamente a partir de la infancia de mi hermana.
Si yo terminé la secundaria con todos los padres de mis compañeros —incluidos los míos— casados en primeras nupcias, mi hermana empezó la primaria de la misma manera y —aunque en su tercer grado sus padres (los nuestros) ya estaban divorciados— al graduarse ya eran varias las parejas separadas. ¿Un trauma? Relativo.
Hoy mis hijas comparten con sus compañeros todo tipo de familias: madres solteras o solas, parejas casadas en segundas nupcias (con otros hijos), padres divorciados y hasta —curiosamente— familias tradicionales de padre y madre.
La familia como núcleo no ha desaparecido pero —evidentemente— se ha modificado.
En Costa Rica, según cifras recientes, más de la mitad de los niños que nacen son de madres solteras y los divorcios por año casi llegan a la mitad de los matrimonios inscritos. Ante esta realidad estadística, es evidente que la familia tradicional si bien no ha desaparecido le ha abierto paso a la no tradicional.
Es muy importante aclarar que la no tradicionalidad de las familias no implica que sean disfuncionales. Muchas veces el nuevo núcleo familiar permite una armonía que en la anterior se había perdido.
Es maravilloso darse cuenta cómo los jóvenes ven con naturalidad conceptos familiares como el novio o esposo de mamá, la novia o esposa de papá y los nuevos hermanos ya sean consanguíneos, medio consanguíneos o nada.
En cambio para los adultos que en nuestra infancia vivimos un esquema más tradicional de familia, a veces no nos resulta tan sencillo manejar cada una de estas relaciones.
Los cuentos de hadas siempre tuvieron un personaje constante: las madrastras. Los padrastros fueron menos maltratados por la literatura infantil.
Ese fantasma creado por los hermanos Grimm nos persigue cuando buscamos la manera de ejercer una relación con los hijos de nuestros cónyuges. Es todo un reto. Y una obligación que asumimos desde el momento en que establecemos una nueva pareja.
Si nadie nos educó para ser padres, mucho menos para ser los esposos del padre o la madre. Se requiere mucha sensibilidad, bastante psicología, un montón de cariño y algo de inteligencia. No es imposible. Es indispensable hacerlo bien.

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