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Martes, 16 de julio de 2019



COLUMNISTAS


La muerte siempre esperada no deja de sorprender

Vladimir de la Cruz [email protected] | Miércoles 09 enero, 2019


Al momento de escribir esta columna, 3 de enero de 2019, el panorama político y social del país parece tranquilo, estable y poco agitado.

Las noticias de los sucesos, de los asaltos, asesinatos y suicidios, con que se inauguró el año 2019, en algunos casos algo espectaculares, por la forma y su violencia, y algunos intercambios de opiniones en redes sociales sobre los toros, su validez, su aspecto moral y sobre las torturas que sufren estos animales han sido los aspectos relevantes. Esos sucesos para mí no me alteraban más de lo que cotidianamente estamos acostumbrándonos a apreciar como parte del paisaje normal del país.

Este remanso de fin de año, en cambio, me lo alteró la muerte de Edelberto Torres Rivas, ese gran sociólogo y centroamericano, luchador por los derechos humanos en Guatemala y en Centroamérica, acaecida justo el 31 de diciembre, pasó bastante desapercibida, excepto para quienes le apreciamos, cultivamos con él una rica amistad, tan solo alejada geográficamente, y compartimos con él escenarios académicos, de lucha y de compromiso social y político, y que sabíamos de su gravedad final desde mediados de diciembre. Para él habrá momentos en que tendremos que recordarlo más formalmente, con algún evento especial.

La muerte siempre esperada no deja de sorprender. Me sucedió igual con Plutarco Hernández, el amigo, el compañero de muchas luchas y aventuras, y de muchos años, el revolucionario, el guerrillero, el Comandante guerrillero, el embajador de Costa Rica en la Unión Soviética, y con Carlos Vargas Solano, el Chino Vargas, como cariñosamente le conocíamos y tratábamos, el amigo de juventud, casi desde el colegio, él iba un poco adelante que yo, el militante vanguardista de juventud que fue, el maestro que desde la zona rural, en la parte baja de Costa Rica, casi en la frontera, empezó a organizar a los maestros rurales y forjó el Sindicato de Educadores Costarricenses a finales de la década de 1960 y principios de los años 70, constituyendo este sindicato la columna vertebral, desde entonces, de todo el movimiento magisterial nacional, al punto que hoy las antiguas asociaciones de maestros y profesores como la ANDE y la APSE se han constituido en sindicatos. Las muertes de Plutarco y de Carlos me agarraron en el extranjero, sin poder asistir a sus funerales. Con Plutarco y Carlos una amistad de más de 50 años, con Edelberto desde la década del 70, cuando empezamos a nutrirnos de sus enseñanzas de riguroso investigador y analista de la realidad centroamericana. La muerte de Edelberto Torres se dio en Guatemala, conociendo apenas donde le rindieron sus homenajes fúnebres.

En aquellos días de lucha insurreccional en Centroamérica nuestro país se enriqueció con la presencia de muchos centroamericanos, y suramericanos, llegados por el golpe de Estado en Chile, particularmente, pero también llegaron uruguayos, argentinos, colombianos de paso. Muchos de ellos también dejaron su valiosa huella académica, en el trabajo en las universidades nacionales.

Antes que Edelberto, el sociólogo, también conocimos a su padre, ese patriota Edelberto Torres Espinoza, cultor especialísimo de Rubén Darío, intelectual de fuste, comprometido en mil batallas y algunas de ellas bien vinculadas a la historia costarricense, y si no recuerdo mal, fue el primer embajador de la Revolución Sandinista en Costa Rica, en 1979, cuando la Revolución Sandinista ilusionaba, comprometía e hizo que marcharan en su defensa militar, con las armas en la mano, cientos de costarricenses, algunos dejando su vida en los campos de batalla primero contra la dictadura somocista, y luego luchando contra la agresión militar que sufría la Revolución, en sus primeros años, incluso desde suelo costarricense.

Nicaragüenses, salvadoreños, hondureños y guatemaltecos tuvieron en nuestra tierra, en nuestra Patria, en aquellos años de lucha insurgente, el espacio para ellos y para sus familias, para sus trabajos y sus movimientos de compromiso en la lucha por buscar cómo retornar a la democracia en sus países y avanzar a otras formas sociales y políticas de organización social, para la seguridad de sus vidas. Contaron con la solidaridad de los costarricenses, que por tradición, cultura e historia aborrecemos las dictaduras, los gobiernos despóticos, tiránicos y autoritarios. Los Mejía Godoy, Enrique y Carlos, estuvieron viviendo, luchando y cantando desde aquí, desde finales de los años 60 y principios de los 70, y de nuevo están aquí…

Edelberto Torres Rivas entre ellos destacaba, identificado profundamente con Costa Rica, dejando raíces costarricenses…

En la distancia los amigos, las personas queridas, las que nos apreciamos y respetamos, con las coincidencias y divergencias, siempre nos reconocemos con el mismo cariño, sobre todo cuando reconocemos de ellas su huella perenne, su presencia, su aporte al mejor conocimiento de nuestra realidad centroamericana y nacional. Por eso nos sorprende el fallecimiento del amigo, de la persona admirada y querida, aunque seamos de la muerte naturalmente.

Para mí, Plutarco Hernández, el Chino Vargas y ahora Edelberto Torres son tres personas , que traté, que me brindaron su amistad, que compartieron las mismas angustias y pasiones, que compartieron escenarios de lucha desde distintas trincheras, y que los unió el sueño y la esperanza de la Gran Patria Centroamericana. Todos ellos eran unionistas de corazón, que añoraban un mejor futuro para toda Centroamérica, un futuro más justo, más inclusivo, más democrático.

Ante la muerte solo nos queda redoblar nuestros esfuerzos y anhelos de lograr esta Patria Grande venturosa, de mantener izadas las banderas por las luchas que creemos justas, desde las trincheras o escenarios en que podamos actuar.





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