Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

Enviar
Lunes 29 Mayo, 2017

La cruz del desempleo

Hace un par de semanas el INEC presentó los resultados de la Encuesta Continua de Empleo (ECE) del Primer Trimestre de este año.

Hay un resultado positivo que debe alegrarnos: aumentó en 68 mil el número de personas ocupadas y la tasa de desempleo bajó del 9,5% al 9,1% ambos respecto a igual fecha del año anterior.

Pero el nivel del desempleo continúa inaceptablemente alto, la tasa de participación laboral (la proporción de la población mayor de 15 años que está ocupada o busca trabajo llamada población económicamente activa o PEA) es muy baja y la estructura del empleo tiende a desmejorar.

Desde el inicio de la ECE en 2010 el promedio anual ha estado por encima del 9,5% lo cual es tan elevado como el nivel al que llegó el desempleo con la cruel crisis que sufrimos a inicios de los ochenta. Claro que el origen de la información son fuentes y metodologías diferentes pero el orden de magnitud es muy revelador y preocupante. Los datos de la Encuesta de Hogares de los últimos años también señalan tasas de desempleo muy superiores a las de los años anteriores a la Gran Recesión y el XXI Informe Estado de la Nación nos recuerda una muy negativa peculiaridad de nuestro desarrollo reciente: “Costa Rica es la única nación centroamericana que no ha logrado bajar la tasa de desempleo desde la crisis del 2009”. Si vemos solo los datos de la ECE también surge una gran preocupación que debe ocuparnos en ponerle remedio.

Tomando los promedios anuales de crecimiento notamos que de 2011 (primer año en que se cuenta con la ECE para los cuatro trimestres) a 2016 la cantidad de personas ocupadas solo crece al mismo ritmo que la PEA (1,59%) lo que hace que se mantenga el índice de desempleo. Pero además ambos crecen menos que la población de 15 años y más, lo que nos viene reduciendo la tasa de participación laboral. Es decir, que cada vez una menor proporción de la población mayor de 15 años trabaja o quiere trabajar.

El resultado es tan serio que el número absoluto de personas ocupadas en el promedio trimestral de 2016 es inferior al que se dio en cada uno de los años 2013, 2014 y 2015 y apenas similar a los que podía emplear la economía en 2012.

Entre los 25 y los 60 años se concentra la gran mayoría de la población trabajadora, pues en las personas menores de 25 hay muchos estudiantes y en los mayores de 60 abundan los pensionados. De nuevo la tasa de crecimiento de la población entre 25 y 60 años es mayor a la de los ocupados y la PEA entre 2011 y 2016.

Una causa de una PEA baja es la poca participación de las mujeres en la fuerza laboral pagada, que en la no remunerada bien sabemos es inmensa. Esa baja participación femenina no ha aumentado en esta década.

Un bajo crecimiento de la PEA y del número de ocupados disminuye el crecimiento de la producción, y por consiguiente el tamaño del pastel disponible para su reparto entre las familias.

Sabemos que el arma principal para disminuir la pobreza es el acceso de las personas a trabajos formales que cumplan con las garantías laborales. Desdichadamente esto no se está dando, como lo demuestran el nivel de desempleo y el pobre crecimiento de la población ocupada.

El problema es peor porque la ECE señala un deterioro de la estructura laboral. El número total de empleos formales en promedio en 2016 es casi igual al de 2015, y ambas cifras son inferiores a las que se dieron en cada uno de los años de 2011 a 2014. Esto ha podido ser compensado en esta segunda década del siglo XXI por un incremento en la productividad total de los factores, que se ha dado según lo demuestra un estudio de Édgar Robles.

Recuerdo que entre 2011 a 2016 los puestos de trabajo crecieron a un promedio anual del 1,59%, mientras los informales y los para personal no calificado han crecido a un ritmo del 3,43 y 3,94%.

Lo positivo es que el subempleo disminuyó en este periodo y los trabajadores no asegurados crecieron lentamente, solo un 0,77% anual.

Urgen reformas estructurales para promover mayor inversión pública, mejor recapacitación de los trabajadores desempleados, más altas cobertura y pertinencia de la educación secundaria, y menos trabas para invertir.