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Jueves, 13 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


La Ballena Azul

Mishelle Mitchell [email protected] | Jueves 01 junio, 2017


La Ballena Azul

Ese es el nombre de un juego perverso que alguien ideó para tomar la vida de niños, niñas y adolescentes alrededor del planeta. La ballena azul navega en Internet y se cuela en los ordenadores y aparatos móviles de millares, dejando una estela de confusión —en el mejor de los casos— y muerte a su paso.

La tenebrosa secuencia de órdenes engancha a los participantes en una espiral ascendente de autodestrucción: escuchá frenéticamente un tipo de música específica, aislate, no hablés con tus padres, escribí una nota de despedida, hacete una marca o corte en el brazo —con una forma siniestramente detallada— y, finalmente, suicídate. Cada instrucción es reportada en línea a un ente distante, pero en apariencia omnisciente, quien amenaza con represalias si se incumple.

La Ballena Azul es la meticulosa preparación mental y física —a través de desafíos progresivamente autodestructivos— para que una persona emocionalmente vulnerable tome la letal decisión de acabar con su vida. Y al decir vulnerable, no estigmatizo a quien toma la decisión. Al igual que otras formas de violencia, el predador detrás de este siniestro juego lanza arpones a potenciales víctimas caracterizadas por algún nivel de fragilidad.

Ballena Azul se presenta como un acto desafiante, algo que en esta etapa estimula la mente de jóvenes cuya identidad precisamente busca retar la autoridad y los límites. En muchos casos, el juego encuentra espacio y atrapa la mente de víctimas adolescentes gracias a la deliberada temeridad que sugiere el cumplimiento de sus malintencionadas instrucciones.

El juego, viralizado a través del WhatsApp, ha generado titulares en medios de comunicación y preocupación en escuelas y hogares en muchas naciones. No hay un número específico de suicidios y lesiones atribuibles, pero es preciso frenar su avance y prevenir sus efectos.
El suicidio —la decisión de terminar con la propia vida— es una decisión de autodestrucción, una manifestación particularmente compleja de la violencia, no solo por sus resultados, pero en muchos casos, por las raíces mismas que la detonan.

Quien comete suicidio, emite una última señal, un grito desesperado por obtener atención y alivio ante una depresión, ante la indiferencia de su entorno, ante la exclusión, el bullying, el maltrato y el abuso sistemático.

Frente la impotencia para revertir tanto dolor, morir parece ser la única solución. Por ello, es necesario leer con atención las señales de aviso de quien está a un paso de tomarla: desde el abuso de sustancias y alcohol, hasta conductas extremas —como la excesiva somnolencia y aislamiento, hasta la marcada euforia y el cinismo al hablar de la muerte— pueden ser algunas señales de quien considera el suicidio.

Corea del Sur a nivel mundial, y Chile y Argentina en Latinoamérica lideran las tasas de suicidios entre adolescentes. Entornos cada vez más competitivos y menos empáticos, comunicación atrofiada entre padres e hijos y ambientes física, emocional y espiritualmente hostiles, están lanzando al abismo de la desesperación a decenas de jóvenes.

Por ello, más que una forma en sí misma de violencia, el suicidio impulsado por juegos como la Ballena Azul, deja de manifiesto que nuestras sociedades son inseguras, tanto así que un personaje digital logra penetrar el corazón y la voluntad de los jóvenes, antes que la voz de un amigo, la familia o los padres para persuadir a quien pierde la esperanza.

Frente a esta realidad, necesitamos a todo el mundo: Necesitamos a las familias, a las escuelas, las iglesias, a los profesores y a los medios, entre otros para eliminar esta novedosa forma de violencia contra la niñez.

La autora es Directora Regional de Comunicaciones de World Vision en Latinoamérica y el Caribe