Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 28 Mayo, 2009


VERICUETOS
Jugando bola

Liberia Mía demostró que no hay enemigo pequeño y recordó a los heredianos que la fiesta no debe comenzar hasta que pueda comenzar y que no se deben lanzar las campanas al vuelo hasta que la mesa esté servida. O sea, que si no lo tenés en la bolsa, no te lo has ganado.
También dio matices de certeza a la victoria en el Saprissa que ocasionó todo ese entuerto tan rápida y curiosamente resuelto, porque no dejó dudas de tener todos los argumentos y todas las condiciones para enarbolar la ilustre enseña de gran campeón nacional, aunque el premio sea un campeonatito mediocremente organizado, concebido y planeado (no puedo decir “planificado”) con el único afán de llenar el calendario de clásicos, semifinales y finales tras finales y semifinales, para que la gente vaya al estadio y puedan los clubes aliviar su precariedad con las exiguas taquillas.
Parece que no queda duda entonces que Liberia Mía tenía con qué ganar solventemente a Saprissa y que no fue necesariamente que las instancias antimoradas se confabularon para impedir la fiesta grande de su esperada segunda colección de seis títulos y medio.
Esperamos que ahora no aparezcan más apelaciones, recusaciones, investigaciones, amenazas y todo tipo de cuestionamientos y triquiñuelas procesales para anular el torneo, como amenazaron algunos que estaban morados del colerón.
Hay que dejar a los liberianos celebrar hasta la saciedad este título bien ganado y más merecido, no solo porque es el resultado de hacer bien las cosas (el que bien anda bien acaba), sino porque rompe con la acartonada tradición de repartirse las finales entre el Parque de Tibás y el Parque de los Mangos, democratiza el fútbol nacional y hace lucir la copa por primera vez en Guanacaste. Ojalá que los próximos años nos den más agradables sorpresas y lleven el estandarte de campeones nacionales a todas las provincias del país, demostrando que también con poca plata, pero con empeño, dedicación, tenacidad y buena técnica se pueden lograr éxitos en la vida.
El culebrón de la manoseada final del fútbol nacional evidenció como somos los ticos de verdad, y que las amarras a puerto que no nos dejan zarpar en ninguna dirección no son producto solamente de una maraña de normas legales, sino que forman parte de nuestra enfermiza incapacidad para tomar decisiones y de nuestra negativa a aceptar la derrota ante la que somos los mejores argumentadores.
La canción aquella de que “este quequito es mío o de nadie” con que se formularon las denuncias contra todas las instancias de la estructura futbolera, parece inspirada en la más pura línea de la escuela de las apelaciones de los contratos públicos. Cómo nos cuesta aceptar que los demás pueden hacer las cosas mejor que nosotros y merecer esa victoria que no pudimos alcanzar pero que exigimos en la mesa de los recursos y los formalismos.
Qué salvada que, al igual que en todos los campos de la vida nacional, el escandalito que blandía el estandarte de la decencia y la puridad, no duró tres días y las cosas se resolvieron, solo Dios sabe cómo, sin que nada haya pasado a más. Al fin y al cabo, la Federación terminó calladita, nosotros nos olvidamos de su berrinche, los abogados se tragaron sus arengas y, por supuesto y como era de esperar, no pasó nada. Bien por Liberia.