Mishelle Mitchell Bernard

Mishelle Mitchell Bernard

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Jueves 31 Agosto, 2017

Invisible o distorsionada

Agosto de 2017. Se supone que a estas alturas habríamos conquistado la equidad, pero la realidad es que nuestros sueldos son un 27% inferiores a los de los hombres, todavía somos minoría en puestos de mando y en juntas directivas.

A estas alturas, entregás tu esfuerzo, aspirás a un empleo, y si quedás embarazada durante la prueba, sos desechada, porque sos un pasivo laboral, no una mujer con metas y con derechos.

En el siglo 21 todavía muchas somos presa de la culpabilidad por dedicar tiempo a las labores profesionales y compartirlo con las tareas del hogar. Todavía muchas son confinadas por sus parejas, y por disposiciones culturales, al ámbito de lo doméstico —sin menoscabo del altísimo valor social, económico y emocional que ello provee al círculo familiar y a la sociedad en general. Todavía, en estos tiempos, nos ponen a escoger, como si las opciones fueran excluyentes.

Agosto de 2017 y a las mujeres que nos abrimos espacios comúnmente ocupados por hombres se nos tilda de agresivas si expresamos firmeza, de tiranas si exigimos rigor y frívolas si nos maquillamos, nos peinamos o nos arreglamos. No falta quien en el acto supremo de irrespeto sugiera que un alto puesto se obtuvo producto de un favor, una pata, un contacto, un premio. La meritocracia parece todo menos femenina en la cabeza del machista.

Soy ciudadana del país más feliz del mundo, de la democracia más antigua de América Latina, pero camino en las calles en donde una mujer es violada cada ocho horas.

Habito en un paraíso en donde la mujer que opina y se atreve a cuestionar es juzgada por el color de su cabello y la profesión que ejerce… es que no basta con ser ciudadana, hay que ser santa y quién sabe qué más para cuestionar al Presidente.

Vivo en la era en la que celebramos que las mujeres votamos, pero tenemos escasa participación y escasísima representación.
Vivo en el país en donde a pesar del conocimiento y la experiencia, la presencia de una mujer, una mujer negra e inteligente es todavía un souvenir, una excepción a la regla en muchísimos círculos. Muchas, muchísimas de las que sueñan con conquistar aspiraciones a todo nivel, son presa de la pobreza, expulsadas de las aulas, excluidas de las oportunidades.

Vivo en la era cuando planeamos conquistar nuevos planetas y hurgamos en la unidad mínima de la materia, pero no llegamos a comprender que muchas mujeres, la mayoría, conquistamos espacios porque desafiamos nuestros límites, poblamos las aulas asidas de nuestros sueños y somos obligadas a tragar una dosis extra de esfuerzo y validación exterior para llegar a la meta.

Sin menospreciar lo logrado, pero reclamando el espacio de tantas que aún siguen luchando, denuncio que vivo en un país donde hay quien escoge decirme morena, quien cree que decirme negra es una ofensa, y donde escribir mi nombre correctamente es una triste trivialidad, porque no es en castellano. Ese es el principio del reconocimiento del otro y denota algo fundamental: Respeto. Celebro así el día que se me asigna, el del afrodescendiente consciente, y siempre exigiendo de frente.