Humberto Pacheco

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Martes 4 Marzo, 2008

TROTANDO MUNDOS
Inversiones fallidas

Humberto Pacheco

A riesgo de que un diputado de cierto partido nos reitere el epíteto de “light” por no entender la importancia subyacente de una página de humor político, procuramos no perdernos La Machaca, con cuyos criterios con frecuencia coincidimos. No obstante, quisiéramos contribuir una aclaración a un comentario del 22-02-08.
Es cierto que al país llegan muchos potenciales inversionistas y que muchas veces no materializan las inversiones que en esa visita tienen bajo consideración. Y también es cierto que los costarricenses los atienden y les promueven nuestras ventajas.
Lo que ocurre es que promover un país es bastante parecido a promover un producto ó un establecimiento comercial. Entre más personas entren al establecimiento más posibilidades hay de venderles el producto. Además, el que muchos entren, es sinónimo de que algo bueno se les está ofreciendo. Pero la mayoría no compra- ve y se va. Cuántos compren y por cuánto es lo que marca la diferencia entre éxito y fracaso.
Pues bien, cuando “la compra” es por millones de dólares, esa visita emotiva es seguida de la consideración seria que requiere. Se hace un “due diligence” ó análisis debido que somete el “producto” —léase el país— a pruebas de rentabilidad y tributación, celeridad de trámites, infraestructura, seguridad, justicia pronta y cumplida, competitividad, disponibilidad de fuerza laboral, cumplimiento de palabra, limpieza, actitud del país más allá de la retórica y muchos otros extremos y, a decir verdad, no siempre salimos bien parados.
Por ejemplo, cuando una inversión requiere financiación bancaria, para asegurarse ésta hay que pagar comisiones adelantadas y, sí dentro de un plazo razonable no se usan los créditos, se pierden y con éstos los pagos que se hicieron para conseguir la financiación. Esto sucede cuando los cientos de trámites que nuestros burócratas han diseñado (sólo lean lo que dice el señor Ministro de Competitividad) entraban por meses solicitudes de permisos y concesiones que se requieren, algo a lo que los costarricenses nos hemos acostumbrado con indiferencia pasmosa.
La existencia del aeropuerto de Liberia ha permitido el desarrollo turístico interesante que ha tenido la Provincia de Guanacaste, porque transitar desde San José es un calvario de mala infraestructura que habría hecho inútil cualquier inversión. El sólo llegar a nuestro país pone al descubierto, desde el avión, un basurero cuya inmundicia yace a todo lo largo del costado oeste del aeropuerto, la que, comenzando por el ICT, no parece molestar a nadie. Un paseo por San José termina de avalar esa mala impresión.
Con respecto a la rentabilidad, tras que nuestros salarios —por gran fortuna— son comparativamente altos, se grava a las empresas con el 30% de impuesto sobre la renta y se impone una carga social que representa el 32% del monto de su planilla. Es ahí cuando los otros atributos ó defectos cobran importancia capital, sea para compensar, sea para acabar de convencer al inversionista que talvez no somos tan fantásticos como nos creemos.
Pobres los inversores que caigan en un tribunal en busca de una justicia pronta y cumplida que dejó de existir hace muchas décadas. Y sí se confían en la palabra de sus proveedores costarricenses sin amarrarlos contractualmente, salvo por honrosas excepciones, la palabra no vale el papel en que la ponen. Ya casi nadie usa bigote, ni real ni virtual.
Eso resulta en que no siempre le “vendamos” al que entró a la tienda. Debemos tener claro que tenemos un magnífico producto en Costa Rica, pero que lo hemos recargado con una serie de deficiencias que no se justifican.

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