Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 10 Septiembre, 2011


Elogios
Iniciativa y colimba


La colimba es el periodo que en Argentina cumplían los jóvenes varones de 20 años en tiempos pasados, al prestar el servicio militar obligatorio, también se denominada así a los muchachos que estaban un año al servicio de la patria.
Por múltiples razones y entre ellas la Guerra de Malvinas fue abolido con el beneplácito de muchos, si bien en mi caso, aprecié mi paso por el arma tradicional de Caballería en el Ejército.
Cuando me correspondió, fue sorteado y asignado y lamenté la pérdida del último año de estudios para graduarme de profesor en letras, pero no había alternativa y me convertí en colimba. Sin embargo, sospechaba que la herramienta que podía brindarme lo que esperaba era la iniciativa y poder destacarme para lograr ventajas, por lo que me presentaba toda vez que se requería un voluntario para emprender misiones de mayor responsabilidad, no deseadas por la mayoría, la primera de las cuales no demoró en llegar como una orden y consistía en recoger la carne del comisariato de Marina dos veces por semana y llevarla a casa del capitán de Navío, e igualmente a otro hogar donde el capitán tenía días de parada. Para mi comodidad lo hacía en el automóvil oficial del jefe y era conducido por otro compañero de Marina que hacía de chofer.
Un buen día se presentó la oportunidad que esperaba: el hermano del capitán iba a Europa y me dieron el pasaporte con las instrucciones de averiguar en qué países se le requerirían visas, ya que en pocos días habría que realizar el trámite de las mismas en un tiempo en que lo único complicado era cruzar la Cortina de Hierro.
Decidí que tenía solo un día para lograr la hazaña, no ya de averiguarlo sino de obtener las cuatro visas y tras averiguar los horarios y asegurarme las citas a nombre del capitán, al día siguiente no me presenté, tal como estaba acordado y solo en una me cobraron por la visa un dinero que por si acaso le había pedido a mi vieja. A las cuatro de la tarde tenía las cuatro visas en el pasaporte y me fui para casa, pero fui declarado desertor e incomunicado y me detuvieron cuando llegué al día siguiente. Duró poco hasta que vino el suboficial por el pasaporte y para su sorpresa encontró la misión cumplida, lo que no esperaba.
Ese día fui famoso en el Estado Mayor, se alabó mi iniciativa y obtuve los permisos que me faltaban, aunque para asistir a clases en el profesorado tuve que realizar más imaginarias, guardias de ocho horas y labores de limpieza en el piso en la primera hora de la mañana.
Para dar un final feliz a ese año de servicio, fui dado de baja por conducta sobresaliente mucho antes del año, para el 9 de octubre y en un tiempo récord de ocho meses era profesor en letras y suboficial de Reserva del Ejército Argentino, logros posibles no tanto por el esfuerzo para alcanzar la meta sino por haber demostrado iniciativa a mis superiores.
Allí aprendí que no solo hay que hacer un buen trabajo, sino también sacar la mano para anunciar de algún modo que uno lo hizo.

Leopoldo Barrionuevo