Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

Enviar
Miércoles 13 Abril, 2016

 Si parto del hecho incuestionable que la sociedad transgrede todos los días sus límites de comportamiento y normas básicas de convivencia ¿es eso suficiente para que lo hagamos también como medio?

Hablando Claro

Ilegalidades aparte

No creo que haya duda alguna de la transgresión al incuestionable derecho a la intimidad de la relación equipo médico-paciente, que podría derivar en una millonaria indemnización contra la CCSS, a favor de quien siendo incapaz de defenderse resulta expuesto de manera degradante. Pero dejémosles a los abogados lo que les compete. De toda forma, no sería extraño que la persona afectada decidiera no emprender acción legal alguna. Ilegalidades aparte, el circo social merece consideración.
Registro gráfico de intervenciones quirúrgicas ha habido desde que la tecnología lo permite y debe haberlo por múltiples razones. Lo inaceptable obviamente es el comportamiento de quien lo reproduce. Esperemos que la institución aseguradora corte por lo sano.
Por supuesto, a partir de la primera réplica aquello se convierte en un reguero de pólvora imparable. Aquí, el comportamiento de una parte del colectivo reflejará inevitablemente lo peor de la naturaleza humana. Como lo sentenció en su día Umberto Eco, “las redes sociales le dan derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho de hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. No hay más que agregar.
El punto medular para esta columnista está en el papel de los periodistas y los medios tradicionales que publicaron esas fotos. ¿Solo porque ya pululen en las redes una o varias imágenes que vulneran un derecho humano, es suficiente razón para reproducirlas? ¿Es que acaso ya entregamos nuestras decisiones de edición y publicación al mundo cibernético?
Yo entiendo (aunque no me guste) que un acontecimiento gracioso de Youtube forme parte de la parrilla noticiosa para rellenar agenda y/o para alentar la banalidad del espectáculo informativo y alimentar el rating. Pero de ahí a no hacer mínimas consideraciones sobre la pertinencia de publicar un material sobre un hecho médico privado que nos cae desde la nube, hay por lo menos unas preguntas que deberíamos formularnos. ¿No importa ya el impacto que generan las imágenes que reproducimos? ¿La formulación de criterios periodísticos es cosa del pasado? ¿Perdió valor la calidad del material que publicamos? ¿Es obsoleto preguntarnos si ofendemos con determinado material a nuestros lectores o televidentes? Si parto del hecho incuestionable que la sociedad transgrede todos los días sus límites de comportamiento y normas básicas de convivencia ¿es eso suficiente para que lo hagamos también como medio? ¿Y qué sucede con las víctimas? ¿Nos exonera del respeto al derecho ajeno, que “lo hicieron” primero las redes y nosotros “solo” nos limitamos a mostrar lo que pasaba? ¿Abandonamos el juicio editorial?
Algunos de nuestros medios, no tienen empacho en estimular sórdidos instintos, solo porque otros sectores o grupos, también lo hacen.
La cuestión es que si decidimos convertirnos en extensión de las redes sociales, las redes terminarán por suplantarnos a nosotros.
Y sí, los periodistas y nuestros medios por antonomasia, estaremos en fase inevitable de extinción.

Vilma Ibarra