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Sábado 3 Agosto, 2013

Desde la década de los 60, el mismo Vaticano recomendó el Estado laico en los documentos del Concilio Vaticano II


Iglesias y Estado: separados

Hace algunos días salió a la luz pública la noticia de que la Reina de Los Ángeles será nombrada comandante de la sección aérea de la fuerza pública costarricense. Ante una noticia como esa, una no sabe si reírse o sentarse a llorar; debería considerarse un irrespeto el hecho de utilizar la imagen de la mujer María en su expresión de Negrita para ponerla de parche mediático
sobre el hueco que nos ha dejado la corrupción política de los últimos años, pero también deberían encenderse nuestras alertas una vez más cuando observamos que la jerarquía católica se presta para este show.
Y es que estos son los peligros de un país donde no tenemos a las iglesias y el Estado separados, no tenemos independencia de cada uno de estos entes para actuar con
libertad y autonomía. Necesitamos un Estado laico respetuoso de todas las prácticas religiosas y espirituales sin mantener favoritismos con ninguna de ellas. Un Estado que permita mantener discusiones serias sobre temas de derechos humanos que nos involucran a todas y todos, independientemente de nuestra posición religiosa.
Sin embargo, para lograr esto aún nos falta superar muchos mitos: es mentira que un Estado laico atenta contra las personas creyentes, así como es mentira que un Estado confesional nos garantiza seres humanos más solidarios, honestos, respetuosos y tolerantes. Lo que hace que la gente se comporte de una u otra manera es su libertad de conciencia. De hecho, desde la década de los 60, el mismo Vaticano recomendó el Estado laico en los documentos del Concilio Vaticano II como una relación sana entre los Estados y la iglesia; entonces, ¿cuál es el miedo?

No podemos olvidar que bajo la sombra de un Estado confesional, incontables parejas han sufrido el discurso de odio y el atropello a sus derechos civiles solamente por vivir un amor distinto al de la heterosexualidad normativa, y otras parejas, bajo esa misma sombra, tuvieron que renunciar a la posibilidad de ser padres y madres porque el Estado prohibió la fecundación
in Vitro por argumentos religiosos durante más de diez años. Además, ese mismo Estado confesional retrasó durante años la
publicación de las guías de educación sexual en las escuelas y colegios públicos, mientras que miles y miles de embarazos adolescentes e infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH-sida se multiplicaban. Y actualmente, muchísimas niñas continúan siendo violentadas sexualmente y obligadas a asumir maternidades forzadas bajo la vista y la paciencia estatal, solo por citar algunos ejemplos.
El Estado no puede seguir utilizando las imágenes religiosas a su antojo, ni debe escudarse en discursos religiosos para no ejercer las responsabilidades que le competen. Que los papeles no se confundan: a las iglesias no les corresponde dictar leyes constitucionales ni al Estado le toca dar catecismo.

Carolina Sánchez
Socióloga
Colectivo Las Hijas de la Negrita
[email protected]