Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 28 Junio, 2008

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Leopoldo Barrionuevo

Debo suponer no solo que el tiempo es subjetivo y que marcha más allá de su medición en minutos y segundos porque siempre es distinto para mi percepción y depende de mis motivaciones, mis ansiedades y mis desvelos. Si se trata de unos minutos de felicidad, transcurre demasiado aprisa y se me escurre entre los dedos sin llegar a disfrutarlo plenamente; si mi equipo —Racing Club de Avellaneda— gana por un gol en el partido por el descenso y estamos en los minutos suplementarios, mi corazón late aceleradamente mientras el tiempo no transcurre nunca; si espero a un ser querido que no veo hace tiempo y está por arribar, puede llegar a desesperarme en los minutos de espera; unas veces deseo que esos minutos se detengan y otras desearía que todo hubiera terminado.
Las más de las veces, el tiempo puede estar detenido en el espacio y nos encanta contar con un tiempo que robamos a otro tiempo o a otra persona, aunque en realidad se trate del tiempo de mi vida que dilapido mintiendo descaradamente a quien me espera e intentando dar una falsa explicación al molesto que siente la burla del “es que había mucha presa en la autopista” que soltamos sin convicción.
Pero si puedo malgastar mi tiempo, no me es dado hacerlo con el tiempo de los otros que merecen mayor respeto de mi parte. Este es un principio que los latinoamericanos violamos casi con alegría y que se convierte en pecado mortal cuando se aplica a gentes de otras latitudes; sin embargo, no engañamos a los otros ya que muchos prefieren engañarse a sí mismos como los que adelantan el reloj unos cuantos minutos con la esperanza de llegar temprano, es decir a tiempo.
El tiempo estresa porque no lo planeamos, pero no es así como podemos alcanzar y cumplir, contando con un tiempo para cada cosa, a menos que apelemos al principio de Pareto que nos permite establecer el valor conceptual de cada actividad nuestra. Wilfredo Pareto demostró que el 20% de los eventos produce el 80% de los resultados, lo que nos conduce al principio opuesto, pero también complementario: el 80% de los eventos, solo produce el 20% de los resultados. Es decir, no se trata de hacer muchas cosas sino de evaluar cada actividad previamente a realizarla, de tal modo que podamos calificar a cada una como importante y urgente; como importante pero que puede esperar y finalmente, lo que no es importante y que como tal debe dejarse de lado.
Cuando se elimina la última categoría, ya nos deshicimos del 80% y solo nos queda lo importante y urgente y si no lo hay, corresponde quedarse con lo importante pero no urgente, es decir, no más del 10% que nos apremia siempre. Para esto hay que aprender a elegir constantemente, al fin y al cabo, la vida es una constante decisión de la que no podemos escapar, porque también decide quien no decide: decide no decidir.
Desde ya que disfrutar, entretenerse, no hacer nada entran en la categoría de la diversión y el entretenimiento, pero hasta eso debe planearse porque como todo, ingresan en el principio de Pareto: solo el 20% se justifica, el resto es chatarra. Pero no es necesario desarrollar una lista interminable de acciones para otra cosa que no sea clasificar y seleccionar ese 20% en todos los órdenes de la vida, en especial si aprendemos a cumplir con lo desagradable e inevitable a tiempo.
El tiempo es la vida, tiene una medida que desconocemos, de ahí que los grandes planes consisten en vivir intensamente el día de hoy: no hay otro; mañana cuando amanezca nuevamente será hoy.

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