Claudio Alpízar

Claudio Alpízar

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Jueves 28 Abril, 2016

 ¿Cómo sustentar una fe después de dos años sin tener certeza del horizonte de un barco a la deriva?

¿Hombres de poca fe o ver para creer?

Recientemente el presidente Solís nos acusó de tener poca fe. La fe es creer en algo sin tener ninguna prueba sustantiva que demuestre la creencia, es un dogma. En abril 2014 más de 1.300.000 costarricenses que lo votaron, lo hicieron por fe. Otros —que no lo votaron— se esperanzaron al inicio de su gestión por fe en el cambio y sobre la base de puras promesas.
Por tanto, la fe es credibilidad, y cuando esta empieza a disiparse la otra tiende a desaparecer. La fe en un gobernante no es un objeto que se mantiene a perpetuo, pues se sustenta en decisiones y acciones. Un gobernante que no es dubitativo en sus posiciones y que previamente ha indicado un horizonte, sostendrá la fe de un ciudadano esperanzado e ilusionado con la “tierra prometida”.
Cuando el ciudadano se da cuenta que las promesas de campaña que aumentaron su fe en determinado candidato —al punto de premiarlo con su voto— no tienen sustento real, terminará sintiéndose engañado tal cual Ulises evitando el canto de las sirenas. Provocándosele una desilusión mayúscula que se confunde entre la furia y la impotencia, lo cual hace imposible retomar la fe en quien lo engañó. El mayor recurso de un político y el más difícil de recuperar es la credibilidad.
La Administración Solís desperdició a una velocidad pocas veces vista el capital político que tuvo en el arranque. El Presidente y su “rejuntado” de Gabinete no escatimaron torpezas políticas y discursivas para golpear su credibilidad, a tal punto que hasta Ottón Solís —fundador del PAC— ha “tirado la toalla” y perdido la fe, hoy les ruega a los partidos de oposición, y al suyo, planear un gobierno de consenso para 2018-2022. ¿Otro experimento?
El costarricense siente que navega sobre aguas bravas, sin saber quién es el capitán en tal tempestad, y este, cuando aparece para apaciguarles, más bien les confunde aumentando sus miedos. Entonces, ¿Cómo sustentar una fe después de dos años sin tener certeza del horizonte de un barco a la deriva? Al cual le da igual ir al norte que al sur, que en ocasiones navega con el capitán en proa y en otras en la popa, un barco que igual se recuesta en estribor que en babor.
En campaña electoral la fe se sustenta en las promesas y en las ilusiones sobre un mejor país, pero en gobierno la fe decae por su incumpliendo. La frase bíblica que utiliza el presidente Solís de “hombres de poca fe” está fuera de contexto y es contestada por los ciudadanos al mejor estilo del apóstol Tomas: "Si no veo en tus actos la señal del camino y meto mis pies en ese lugar, y veo obras concretas, novedosas, no discursos sobre la base de políticas incrementales de otros gobiernos, no te creeré."
En política, a diferencia de la religión, sí es válida la premisa de ver para creer. En política un gobernante no puede sustentar la fe ciudadana poniéndolos a recitar un Credo de promesas sin sustento real, además, la vida que se le encomienda mejorar al gobernante es la terrenal y no la celestial.
El canciller alemán Otto von Bismarck (1815-1898) afirmaba que “nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. El actual Gobierno ya lo hizo en las elecciones, ahora lo hace en la “guerra” —gobernando— y seguramente lo intentará hacer en la cacería —informe de labores— siguiendo al dedillo lo advertido por Bismarck, olvidando así que en gobierno las obras y no las promesas son la clave para mantener la fe.

Claudio Alpízar Otoya
Politólogo