Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 9 Abril, 2012


Haz lo que digo no lo que hago

Los que nos dedicamos a las artes escénicas nos hemos visto obligados a crear sociedades anónimas (S.A.) inscritas en tributación y con una cuenta bancaria a su nombre, para participar en el Programa Nacional para el Desarrollo de las Artes Escénicas (Proartes).
Gracias a los aportes económicos de este programa se han realizado espectáculos de danza, teatro y proyectos audiovisuales. Ninguno de sus participantes se ha hecho rico. Nadie ha logrado solventar sus necesidades básicas anuales. La mayoría ha proyectado su creatividad ante diversas comunidades.
De acuerdo con la ley, Proartes resta al total de su apoyo económico el 2% de impuesto sobre la renta. Además cada uno de los beneficiados debe declarar y ahora, además, pagar el impuesto a las S.A. pues casi ninguno tiene empleados como para cotizar ante la Caja de Seguro Social o ante el Instituto Nacional de Seguros y, en consecuencia, no califican como pequeña y mediana empresa (PYME).
Pero, bueno: ese es un problema de los artistas.
Algunos de los que pertenecemos a la clase media trabajadora tenemos la dicha de ser propietarios de una casa propia. Ojalá no hayamos cometido la enorme estupidez de tenerla a nombre de una S.A. porque además de pagar los impuestos a la sociedad, debemos pagar los municipales ¡actualizados!
¡Y nada de argumentar desconocimiento de la ley! No. Estamos obligados a saber que somos nosotros, los dueños, los que debemos actualizar el valor de nuestra única y pequeña propiedad. Si el exministro de Hacienda no lo sabía, ese es su privilegio, no el nuestro. Mi abuelo materno era herrero y en su casa no había cuchillos de palo. Nunca fue un privilegiado ni tampoco ninguno de nuestra familia.
Si alguno de los muchos diputados o ministros no han declarado sus posesiones en su valor real o en ninguno, esto no es excusa para nosotros, trabajadores, no políticos, no favorecidos. El “tiempo de Dios” (que algunos cínicos argumentan para pagar cuando se les dé la gana) no es el nuestro.
No es que no crea en la necesidad de un Plan Fiscal, pero estoy convencida que antes de aplicarlo se debería terminar con los privilegios de unos pocos. La evasión debería ser controlada. La mayoría pobre no debería pagar por la minoría rica.
¿Por qué el impuesto al tabaco afecta solo a los consumidores? ¿Por qué las empresas tabacaleras siguen recibiendo los mismos beneficios económicos? ¿Por qué el terrible costo en salud social lo tienen que pagar los adictos y no los que producen el tabaco?
Y ¡salados, todos! si se aprueba el Plan Fiscal vamos a tener que pagar un Impuesto al Valor Agregado (IVA) que va a afectar más a los que menos tenemos.
Entonces, explíquenme, necesito entender, ¿dónde está la democracia?, ¿dónde la igualdad? Sobre todo: ¿dónde está la ética?
Cualquiera de nuestros políticos diría, parafraseando a Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros”. Ninguno de nuestro dirigentes dudaría en afirmar: “Haz lo que digo, no lo que hago”.

Claudia Barrionuevo
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