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Costa Rica está urgida de que el gobierno acepte el despilfarro con que se ha venido operando y que tome la decisión de sanear verdaderamente las finanzas públicas

Hay que sanear las finanzas públicas

Primero, se dijo que si no se aprobaba el Plan Fiscal en la Asamblea Legislativa, el país colapsaba. Pasamos mucho tiempo necesitando la aprobación de leyes importantes, pero la atención estuvo centrada en el mencionado plan porque los nuevos tributos eran supuestamente necesarios para seguir adelante.
Después se comenzaron a destapar, gracias a la prensa, los hechos que confirman el mal uso y la falta de control de la hacienda pública que venimos padeciendo desde hace muchos años, dejando sin sostén cualquier pretensión de pedir a los contribuyentes que paguen más impuestos y tributos.
Quedó demostrado que el problema está en las graves fallas que afectan el gasto en las instituciones públicas, especialmente las de los entes descentralizados o autónomos.
No hay presupuesto que alcance si los fondos se derrochan aumentando el número de puestos públicos sin que por ello mejoren los servicios. En los últimos cuatro años, aproximadamente, se aumentaron en 50 mil dichos puestos.
Pero además, como se ha denunciado, hay muchos funcionarios públicos ganando mucho más que los empleados del sector privado aunque realicen tareas semejantes. Y hay duplicidad de departamentos, puestos y funciones en el Estado, sin que a este descontrol las últimas administraciones le hayan puesto atención para entrar a solucionarlo. El festín puede haber generado clientelismo político pero desembocó en un serio problema fiscal.
Ahora, como el Plan Fiscal fue archivado en el Congreso, hemos entrado a otra etapa en esta tarea de tapar huecos: ahora es el Plan “B” Fiscal lo que se procura aprobar. Una serie de medidas que, de aprobarse, aliviarían algo en el corto plazo, pero que están lejos de ser la solución que el país necesita.
Costa Rica está urgida de que el gobierno acepte el despilfarro con que se ha venido operando y que tome la decisión de sanear verdaderamente las finanzas públicas. Esto sería un legado importantísimo para que el país continúe su marcha contando con un Estado profesional, despolitizado y ajeno a cualquier interés que no sea el bien común.
Un Estado no debe ser ni más pequeño ni más grande de lo necesario, pero debe ser siempre eficiente, transparente y debidamente controlado para que rinda el beneficio que de él esperan quienes lo sostienen con sus contribuciones.
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