Alejandra Esquivel

Alejandra Esquivel

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Jueves 14 Junio, 2018

¿Goleadores o goleados?: nuestra economía en el mundo

Un país sin economía colaborativa de la mano de la industria 4.0 (Big data, Internet de las Cosas, realidad aumentada, computación en la nube, inteligencia artificial, servitización, etc.) es como no llevar al goleador a un mundial y pensar que “las estrellas” de hace cuatro años seguirán siendo las de 2018, 2022… aunque parezcan "mandar" y el miedo bloquee la capacidad de decisión y acción, tenemos que saber leer cuáles son las exigencias del resto del mundo para hacer los cambios cuando aún hay capacidad de respuesta.

La economía colaborativa trata de un nuevo modelo económico basado en el intercambio entre particulares, de bienes y servicios, que permanecían ociosos o infrautilizados, a cambio de una compensación o acuerdo pactado entre las partes; dando prioridad al acceso a los productos en lugar de a la propiedad o adquisición de los mismos, proponiendo un consumo compartido de los bienes y servicios que se antepone a la propiedad… modelo que está siendo promovido principalmente por las herramientas tecnológicas —al hacerlo, la plataforma obtiene un porcentaje por cada transacción, por lo que sus ingresos crecen exponencialmente mientras los costos lo hacen aritméticamente.

Se han producido muchas oposiciones por parte de los sectores tradicionales porque consideran que son plataformas de competencia desleal. Algunos ejemplos son Uber, en transporte; Airbnb, en hospedaje; oficinas de “coworking”, en el sector inmobiliario; la moneda virtual o criptomonedas (bitcóin, etc.) y la tecnología “blockchain”, en el sector financiero; eatwith —experiencias culinarias; el uso compartido que se hace en Ámsterdam con las bicicletas, iniciativa de un organismo municipal… Muchos actores de la economía tradicional parecen no estar preparados para encajar esta nueva competencia que ciertamente devenga retos importantes a la institucionalidad del país para evitar caer en problemáticas como la economía sumergida o la falta de protección de los derechos del consumidor ya que resulta legítimo reconocer que estas plataformas no son una moda pasajera.

Cuando empezó a hablarse de economía colaborativa, se veía como una reacción puntual a la crisis económica; varios años después, ya se entiende que es el “futuro” de muchos sectores de la economía —al dibujarnos un presente que nos ofrece una manera más eficiente de organizar los recursos y contribuir a reorientar el sentido común de la sociedad en varios ámbitos del consumo y la producción…Tal es su repercusión, que está no solo redefiniendo la forma de hacer negocios, sino también transformando los procesos de innovación y emprendimiento, los métodos de aprendizaje, e incluso el papel del ciudadano dentro del sistema democrático tal y como lo concebíamos hasta ahora.

Estamos ante un momento crítico para acompañar la evolución de la economía colaborativa y la industria 4.0 en nuestro país. Hace unos años estuvimos frente a una gran oportunidad de reorientar la diferenciación de nuestros sectores productivos frente al resto del mundo; hoy, no materializar los cambios estructurales que ya marcan nuestro rezago tecnológico, es básicamente “tener la nariz fuera del agua” para después recoger las “crónicas de una muerte anunciada”.

Ryunosuke Satoro (poeta japonés) decía que “individualmente somos una gota; juntos, somos un océano”… aunque soy consciente de que nuestra cultura sigue siendo muy cerrada en cuanto a dimensionar la escalabilidad de la economía colaborativa, necesitamos que nuestros gobiernos y el sector privado organizado no solo apoyen sino ayuden a viabilizar los casos de éxito que con toda seguridad podrían materializarse a través de la credibilidad que solo ellos pueden inyectar a las iniciativas que nazcan en el país o se tropicalicen a este... Quizá España pueda servirnos de referente.

En lugar de seguir justificando la intervención estatal en estos “nuevos” modelos de negocio —debido a los fallos de mercado satanizados como indisolubles a los negocios digitales, los decisores políticos, a través de la política económica deben intentar potenciar los efectos positivos que producen la economía colaborativa y la industrialización 4.0 y eliminar o reducir “comportamientos indeseados” concretando medidas que permitan: definir mediante legislación la responsabilidad de los usuarios y de los proveedores de servicios por medio de plataformas digitales; establecer mecanismos de reclamación; simplificar la puesta en marcha y facilitar el acceso a la financiación de negocios digitales sigue siendo un reto medular para provocar el cambio estructural que requieren nuestros sectores productivos a nivel de digitalización y transformación digital; establecer mecanismos de ciberseguridad; evitar la formación de estructuras de mercado no deseadas, como monopolios u oligopolios, y las consecuencias económicas que ello conllevaría; determinar las obligaciones fiscales de las actividades de economía colaborativa, atendiendo a sus particularidades, entre otros.

Sin duda, la sostenibilidad es un concepto fundamental en la actividad económica en función de la que cambian las personas; los negocios y sus modelos; los sectores y la forma de pensar y orientar el desarrollo económico de los países y las regiones para resultar goleadores en esta competencia que también es de escala mundial y en la que tendremos que demostrar si somos o no capaces de pasar a la siguiente ronda —aunque no genere tanto interés masivo como un Mundial de Fútbol.