Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

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Martes 14 Marzo, 2017

La izquierda siempre planteó que la globalización era la culpable de todos los males, aunque la evidencia muestra que esta disminuyó la pobreza y mejoró la distribución del ingreso en la mayoría de los países en desarrollo

Globalización e ideologías populistas

Los indicadores de comercio sobre el Producto Interno Bruto (PIB), los flujos financieros con relación al PIB y el volumen de los flujos de inversión extranjera decaen después de 2008. Para algunos, cuya explicación es que la realidad responde a ideologías, leen el cambio como la pérdida del dominio por parte de la ideología neoliberal. Mencionan el surgimiento de los movimientos nacionalistas y populistas de izquierda y derecha como un orden alternativo. Abajo, argumento que la globalización no la produjo el neoliberalismo, ni el quiebre en sus tendencias, las ideologías alternativas. Es hora de revisar los hechos.

Si bien los marcos de las políticas públicas juegan un papel en los resultados históricos, existen desarrollos de la producción, las tecnologías y de las innovaciones y, especialmente, de aquellas disruptivas, capaces de transformar el mundo laboral y de las relaciones sociales (como, por ejemplo, las digitales y las virtuales), los cuales tienen una mayor incidencia, en el largo plazo, que las ideologías.
Cierto es que la expansión del comercio y los flujos financieros se acompañó de políticas liberalizantes en materia de comercio de bienes y servicios (mayor libertad comercial en el marco de la OMC y de los TLC), esto no es lo mismo que neoliberalismo económico (la presunción que toda intervención estatal en la economía genera una pérdida de bienestar). Como nota, la izquierda populista parte de la presunción opuesta de que toda intervención estatal genera un aumento del bienestar. Sin embargo, no fue la discusión ideológica la que generó el cambio en los indicadores. Estos indicadores de la globalización revierten su tendencia a partir de la Gran Recesión de 2007-8, antes del surgimiento con fuerza de los movimientos nacionalistas, caracterizados por el proteccionismo comercial y la xenofobia. Por su parte, la izquierda latinoamericana y de otras latitudes siempre estuvo en contra de la globalización, por lo que tampoco explica el cambio en los indicadores.
La revolución digital transformó los procesos productivos, interconectados por una lógica binaria común dentro de las empresas, pero también, eventualmente, entre empresas. Así pasamos de las economías de escala y la especialización propias de la segunda revolución industrial, centrada en la oferta, a cero inventarios y círculos de calidad con mayor peso de la demanda, característicos de la tercera revolución. Pero la creciente interconectividad digital también integró mercados que antes no lo estaban, lo cual dinamizó el comercio internacional. Así empresas pudieron, por ejemplo, tener su “back office” en Costa Rica, la producción en China, la investigación y desarrollo en California y servir mercados en todo el mundo. Pues bien, esas cadenas globales de valor tienen límites en cuanto a sus posibilidades de expansión. Después de un periodo de expansión vertiginosa, empezaron a encontrarse las fronteras de eficiencia con las tecnologías actuales. Así, esto viene a incidir en que, hoy, el comercio crece más lentamente que el PIB global.
Un segundo factor que dinamizó el comercio mundial y los flujos financieros, fue el surgimiento de China como la gran potencia industrial del mundo, lo cual le generó altas tasas de crecimiento sostenido por un largo periodo, y este crecimiento, a su vez, generó demanda de materias primas a países como Brasil, Perú y Chile, a países subsaharianos, hasta sacarlos, a estos últimos, de su subdesarrollo endémico y conocer altas de crecimiento.
Pero esto también tenía sus límites y no parece haber perspectivas de aceleración de la economía china a las tasas anteriores y, consecuentemente, para sus suplidores de productos primarios. Con lo cual se ralentizó otro factor que impulsó el comercio internacional.
El tercer factor que amerita destacarse no es de largo plazo vinculado al cambio tecnológico o a las lógicas de producción, sino que tiene que ver con los marcos de política económica. La Gran Recesión de 2007-8, si bien fue atendida inicialmente, en los países desarrollados, con políticas keynesianas tanto fiscales como monetarias, el keynesianismo fiscal fue abortado prematuramente.
Obama perdió las elecciones de medio periodo de su primera administración, a pesar de haber detenido, probablemente, otra Gran Depresión, por un electorado descontento e impaciente que votó por una oposición que inmediatamente detuvo las políticas fiscales expansivas. Se hizo presente la austeridad y se continuó solo sobre la base de políticas monetarias expansivas. En España desplazaron a Zapatero. Europa, en general, adoptó la austeridad alemana con su consabida fobia a la inflación.
Los conservadores ingleses adoptaron la austeridad al punto de autoinfligirse una nueva recesión. En definitiva, la recuperación ha sido más lenta de lo que pudo haber sido debido a las políticas económicas implementadas, lo cual contribuyó a detener la expansión del comercio también antes de tiempo.
La crítica político-ideológica de derecha se ha centrado en la globalización y la inmigración como los culpables de la situación de los perdedores en los países desarrollados, aunque la explicación sea falsa. El desempleo industrial ha sido primordialmente resultado de la automatización y la inteligencia artificial producto de la cuarta revolución tecnológica, lo cual fue agravado por las políticas de austeridad.
La izquierda siempre planteó que la globalización era la culpable de todos los males, aunque la evidencia muestra que esta disminuyó la pobreza y mejoró la distribución del ingreso en la mayoría de los países en desarrollo. Tampoco formularon una crítica coherente a las políticas de austeridad por estar enfocados en la globalización, la cual efectivamente expandió el capitalismo a todo el planeta y este, era su enemigo de verdad.
Es hora de escuchar planteamientos políticos basados en la realidad y no en “hechos alternativos” a la medida de ideologías populistas, las cuales hacen propuestas que probablemente signifiquen perder las ganancias del periodo anterior y erosionen las bases de la democracia.