Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 17 Julio, 2014

Si por mí fuera, eliminaría todas las juntas directivas


Vericuetos

Gestos necesarios… se vale soñar

Hace ya muchos años comenté con un recién nombrado ministro de una importante cartera, lo valiosos que son los mensajes del Gobierno cuando refrescan la confianza en la democracia, la institucionalidad y la vocación de servicio a la Patria.
Le decía que me parecería de extraordinario valor que ellos, al asumir, pidieran a los miembros de los consejos y las juntas directivas que iban a integrar, que renunciaran a dietas y privilegios usuales en esos cargos. “No es un tema de cuanto el Estado ahorraría, que podría no ser mucho, es la transcendencia moral del gesto”.
De más decir que poco le faltó para pegarme… De un “estás loco” pasó a “no se te ocurra repetirlo, tenés que entender que hay un montón de gente que recompensar por el esfuerzo en la campaña y que para muchos de ellos las dietas son muy importantes”.
Venía, para entonces, prácticamente terminando la universidad, ese periodo que parece mágico, en el que nos cargamos de sueños.
Esa breve conversación tuvo el efecto casi perverso del desencanto, fue un abrirme los ojos y matar ilusiones. “Diay, ¿y el amor a la Patria dónde quedó, dónde el honor de servir? Entonces para qué nos dijeron que sería el gobierno del cambio y para qué me metí en esta carajada de la política?”
Coincido totalmente con el ministro del MOPT, don Carlos Segnini, en cuanto a que muchos de los consejos son inoperantes e innecesarios, y agrego como de mi propia cosecha (aunque creo que él lo comparte), carísimos, generadores de odiosos privilegios y propiciadores de abusos inaceptables.
A mí no me hace sentido que alguien acepte un puesto directivo privilegiando la dieta sobre el honor y el compromiso. No entiendo que los miembros de una junta vayan a capacitarse al exterior, porque para ser nombrados deberían ser especialistas en la materia que atienden. ¿O no? Tampoco me parecen esas delegaciones de cuatro o cinco directores que viajan a cursos, seminarios, congresos, reuniones o a “negociar acuerdos”, que en la mayoría de los casos no se traducen en ningún beneficio práctico para el país o la institución.
La verdad, me produce el mayor cabreo ver sus fotos en Facebook, todos orondos y sonrientes, haciendo turismo a costillas de la hacienda pública y su déficit fiscal. ¿Cuántas mamografías se pagarían con los pasajes y viáticos de esos tours todo incluido con que se privilegian lealtades?
No entiendo de dobles dietas ni sesiones interminables, improductivas e ineficaces.
Me parece dramático sentar en esos consejos a representantes de los administrados y sus gremios. Esas convivencias terminan por ser malignas porque producen manejos indebidos de influencias e intereses que opacan la función institucional.
Reconozco la entrega, el bien pensar y mejor actuar de muchos de los directores de instituciones del Estado, pero no me limita ese conocimiento a repetir mi discurso de entonces… el ejemplo refrescante de renunciar a dietas, viajes y privilegios tendría un valor incalculable en la sensación colectiva de confianza que tanta falta nos hace.
En la recuperación ética de la práctica de la política y de la función pública, todo gesto positivo es importante, por pequeño que parezca.
Si por mí fuera, eliminaría todas las juntas directivas.

Tomás Nassar