Arnoldo Mora

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Viernes 2 Octubre, 2015

El logro mayor del estadista Jorge Bergoglio sería que propusiera un plan de desarme mundial

Francisco, estadista y reformador

La apoteosis del papa Francisco en que se convirtió su periplo por Cuba y Estados Unidos, incluida su intervención en Naciones Unidas, lo ha consagrado sin la menor duda como un estadista de dimensiones planetarias.
Así lo han ratificado tanto los líderes mundiales como las masas enardecidas que lo han aclamado dondequiera estuvo. Los logros de su gestión diplomática y su actitud llana y trasparente lo hacen creíble a los ojos de una opinión pública mundial, cada vez mas escéptica frente a la clase política.
Su intervención para que Cuba y Estados Unidos establecieran relaciones diplomáticas, lo mismo que el papel jugado en la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla, ratifica ese impactante papel del papa Francisco en el resbaladizo escenario de la política internacional.
Ojalá que esa benéfica intervención de la diplomacia vaticana se extienda a otros escenarios aún más amenazantes para la frágil paz de los pueblos, como la terrible situación del Medio Oriente, cuya guerra está destruyendo naciones enteras, lo que ha provocado el éxodo de miles de familias, que hoy inundan las fronteras de Europa y convierten el mar Mediterráneo en un cementerio.
Para ello se requiere crear un ambiente político a fin de que el diálogo diplomático sustituya el ruido de los cañones. Pero el logro mayor del estadista Jorge Bergoglio sería que propusiera un plan de desarme mundial, para que se traslade parte de los ingentes presupuestos que las grandes potencias destinan a gastos militares, a combatir el hambre y las enfermedades endémicas en los pueblos más pobres.
Pero un Pontífice Romano no es solo el jefe de un Estado, el de menor tamaño en el mundo, pero que goza de una de las mas significativas influencias políticas. El Obispo de Roma es, con no menor poder y responsabilidad, el jefe de una iglesia que cuenta con el mayor número de adeptos (1.300 millones de bautizados).
Su influencia en el ámbito religioso —que va mas allá de la esfera meramente confesional— es tan importante como la que ejerce en los pasillos de la diplomacia mundial. Y es allí, aunque parezca paradójico, donde Jorge Bergoglio tiene sus más acérrimos adversarios.
Sus durísimas críticas a la Curia Romana, su insistencia en que los obispos no deben encubrir las aberraciones de sus clérigos, ni desempeñarse como burócratas, sino como pastores a quienes animan tan solo sentimientos de amor, especialmente hacia los pobres y su actitud de abierta comprensión hacia sectores anatematizados por los clérigos conservadores, han hecho que estos no hayan escatimado esfuerzos para configurar una dura oposición al interior de la Iglesia.
El Sínodo de los Obispos, convocado para este fin de año en Roma, será un desafío y una prueba que muestre hasta qué punto el papa Francisco tiene un liderazgo real y no meramente canónico, al interior de sus propias filas.
De su liderazgo depende su capacidad de reformador, del que depende, a su vez, en buena medida el tipo de iglesia que habrá en el futuro. Desde los tiempos de Lutero a inicios del siglo XVI, no se presentaba una coyuntura histórica de esta trascendencia para la Iglesia Romana.
Es de desear que los logros obtenidos en el campo político sean un impulso para que el papa Francisco pueda completar la obra que su antecesor Juan XXIII tan solo logró vislumbrar.

Arnoldo Mora