Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Jueves 8 Diciembre, 2016

Fidel y el Che rompieron el falso determinismo geopolítico surgido de los acuerdos de Yalta

FIDEL

¡FIDEL CASTRO HA MUERTO! La noticia sacudió al mundo entero; no hubo rincón de la tierra que no reaccionara ante las palabras del presidente Raúl Castro, comunicando oficialmente a su pueblo consternado y al mundo entero tan infausta noticia. Y no era de extrañar esta reacción planetaria, porque Fidel es parte de la historia universal; porque todo el mundo estaba enterado de su vida, de sus hazañas, de sus ideas, de su trayectoria de guerrillero y estadista revolucionario, desde hace 65 años, unos para admirarlo —los más: los hombres y mujeres patriotas y honestos, las masas de oprimidos, los luchadores por la justicia y la dignidad humana en todos los rincones del planeta— y otros para denostarlo, unos por odio y los más por ignorancia, víctimas de una multimillonaria y sostenida campaña mediática… Pero ahí estaba FIDEL, como el Cid dando batallas, vivo durante décadas y ahora muerto físicamente, pero vivo más que nunca en el corazón de quienes creen que la vida solo tiene sentido cuando se lucha por la justicia y se inspira en el amor. Pero para quienes hemos tenido el privilegio único de ser sus contemporáneos y conocerlo y tratarlo personalmente, Fidel es algo más que una persona: es una época, es el inicio de una nueva etapa en la historia de Nuestra América y más allá: del mundo entero. Hegel decía, ya a inicios de la década de 1820, que Bolívar era el único latinoamericano que había ascendido a la esfera de la historia universal. Hoy podemos decir que Fidel lo es más aún, porque el universo era entonces mucho más reducido que el actual y la historia universal, incluso para una mente tan lúcida como la del filósofo alemán, todavía seguía siendo muy eurocéntrica.
La revolución más grande de la historia actual que hoy, a inicios del tercer milenio de nuestra era, está en proceso de gestación, es el declive indetenible de la hegemonía —política, no cultural— que Occidente ha ostentado en la historia universal desde que la Liga de ciudades griegas, lideradas por Atenas, derrotó a los grandes imperios asiáticos dirigidos por los últimos reyes persas. Hoy asistimos al desesperado intento de construir un mundo unipolar, hegemonizado por el último y más poderoso y decadente Imperio de Occidente, como es el yanqui. Frente a ese demencial proyecto político, emerge la esperanzadora alternativa de construir un nuevo orden mundial de carácter multipolar, como paso previo a uno en que no haya necesidad de hegemonías de ninguna especie y la humanidad pueda forjarse en su condición de sujeto de su propia historia. Eso solo se logrará, decía Marx, el día en que ya no haya un solo esclavo (explotado u oprimido) en la tierra. Nadie encarnó en nuestra época esa sublime utopía como Fidel. Por eso es el hombre más universal que haya surgido de las entrañas de Nuestra Madre América. Su barba y su fusil, su uniforme verde oliva y su verbo encendido, sus lúcidas ideas y su bella prosa… en fin, su personalidad toda entera, constituyen el mejor patrimonio que haya dado nuestra historia. Siempre he dicho que, cuando en el siglo XXV se hable de nuestras generaciones, los historiadores las calificarán como aquellas que fueron contemporáneas de Fidel, como hoy se dice de todos aquellos prohombres que lideraron y dejaron una huella indeleble en su tiempo.
El proyecto político que un grupo de compañeros nos propusimos organizar desde las aulas universitarias de la Universidad de Costa Rica en octubre de 1970, tenía la impronta de Fidel y Allende. Fidel en el Caribe, a 150 kilómetros del Imperio, había roto los acuerdos de Yalta que dividían el mundo en zonas geográficas de influencia de las potencias ganadoras de la II Guerra Mundial. Por su parte, en el extremo Sur del Continente, el presidente Salvador Allende se proponía demostrar que era posible iniciar un proyecto socialista en tierra firme desde las urnas de una “democracia”(¿) burguesa. Luego, nos abocamos a la solidaridad con las luchas guerrilleras de nuestros hermanos y vecinos centroamericanos convirtiendo a Costa Rica en la retaguardia estratégica de la guerra centroamericana de liberación. Hoy luchamos por conformar un frente amplio antineoliberal, patriótico y latinoamericanista. Pero siempre e indefectiblemente la figura egregia de Fidel, su pensamiento y su trayectoria, nos ha servido de luminosa guía, de estrella polar. Hoy, desde la eternidad, lo seguirá siendo para todos los hombres y mujeres honestos en todos los rincones del planeta. La grandeza humana e histórica de Fidel hay que ubicarla en el contexto histórico. He dicho líneas atrás que Fidel y el Che rompieron el falso determinismo geopolítico surgido de los acuerdos de Yalta, que dividía el mundo en zonas de influencia reservado en coto privado a las grandes potencias triunfadoras de la II Guerra Mundial. Quien primero lo hizo fue Gandhi al dar el primer golpe de gracia al Imperio Británico; luego Nasser al abrir los anchurosos horizontes del patriotismo del mundo árabe; finalmente, los movimientos independentistas en los más diversos rincones del planeta, pero especialmente en los hasta entonces territorios coloniales de África y Asia, símbolo emblemático de los cuales fue el héroe congoleño Patricio Lumumba.
Es dentro de ese contexto histórico que se da el 1° de enero de 1959, liderada por la Generación del Centenario, la derrota de la sangrienta tiranía de Fulgencio Batista (más de 20 mil asesinatos en siete años) impuesta por los yanquis en la mayor de las Antillas. Luego los acontecimientos se precipitaron. En Playa Girón (1961) fue derrotada por primera vez la Doctrina Monroe; de inmediato Fidel declaró el carácter socialista del proceso revolucionario que encabezaba. La crisis de los misiles, acaecida en octubre de 1962, puso al mundo al borde del exterminio, pero demostró a la humanidad que solo tiene una posibilidad de sobrevivir: la PAZ, como había sido la consigna de la Revolución de Octubre encabezada por Lenin y los bolcheviques en 1917. El magnicidio perpetrado un año después en Dallas demostró a las claras que el presidente Kennedy (último auténtico estadista del Imperio) había entendido el mensaje; por eso fue asesinado en un complot planeado por el “Complejo militar-industrial” y ejecutado por forajidos, pues el pronto fin de la Guerra Fría afectaba a sus intereses. La Guerra Fría terminó en el mundo cuando la Unión Soviética se autodisolvió en un gesto cuya evaluación estamos aún lejos de medir en todas sus consecuencias. Pero el fin de la Guerra Fría no se hizo sentir —aunque aún no ha terminado plenamente— en el Caribe y en el resto de Nuestra América, considerada por el Imperio como su traspatio, sino hasta que el presidente Obama fue a La Habana a reconocer públicamente que sus antecesores se habían equivocado, lo cual equivalía a decir que Fidel siempre había tenido razón. Hoy la Revolución, encabezada por Fidel en la Sierra Maestra, no es solamente cubana: es patrimonio de la humanidad. Y Fidel seguirá inspirando a todos los movimientos de liberación que los hombres y mujeres honestos lleven a cabo dondequiera que sea. Su cuerpo ha muerto, su legado pedurará.