Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 18 Noviembre, 2015

El gobierno de Ortega encontró en ese flujo de migrantes una manera de intentar nuevamente abofetear al vecino al que siempre agrede

Hablando Claro

Fibra republicana

Ahora ya no se trata de lamentos ante imágenes conmovedoras de sirios huyendo de las barbaries de ISIS y de su propio gobierno. O de llantos digitales por las oleadas de africanos cruzando las aguas en barcazas atestadas para llegar a Lampeduza. Ahora nos toca en la vida real.
Ahora se trata de cientos de cubanos cruzando de Paso Canoas a Peñas Blancas en ruta a su sueño americano. Paradójicamente, lo que destapó esta situación fue una efectiva acción policial que culminó el lunes 9 de noviembre con la desarticulación de una banda de tráfico de armas (ocho allanamientos y 12 detenidos).
Así fue como quedaron al descubierto en su crudo desamparo los migrantes que dependían del coyotaje organizado desde Ecuador a Estados Unidos, para continuar el éxodo. Lo que no se sabía era la dimensión del problema; la cantidad de errantes que empezaron a aparecer por todas partes en nuestra porosa frontera sur.
Aunque sea difícil de asimilar, ni siquiera hay de qué sorprenderse. Así se han movido a lo largo de la historia los flujos de migrantes. Duramente, advertida la necesidad imperiosa de la movilización por hambre, guerra, falta de libertades, carencia de oportunidades o por todas las razones juntas —detectada la necesidad— articulado el oprobioso negocio de las redes de trata, que junto con las armas, las drogas y otros contrabandos, constituyen los más perversos de los negocios de siempre, potenciados en la globalización con muchas posibilidades a su favor.
Lo cierto es que la situación hoy nos ha estallado en la cara. Ya desde 2013 pasaron 2.500 cubanos en ese tránsito. El año pasado, la cifra se duplicó y en lo que va de 2015 se quintuplicó (13 mil). Y lo que es peor, muchos cubanos más vienen de camino. Porque la verdad sea dicha, el gobierno de La Habana, que facilita la dotación de los pasaportes, sí favorece la exportación de su gente.
Y Ecuador hace lo propio al no requerirles visa. Y Estados Unidos termina la ecuación con una normativa popularizada como de pies secos, que les asegura estancia si tocan su tierra. Este éxodo organizado se hacía en silencio. No necesariamente en las tinieblas, porque ha habido desde Colombia a México, una mirada de reojo para dejarlos pasar. Hasta que el gobierno de Ortega encontró en ese flujo de migrantes una manera de intentar nuevamente abofetear al vecino al que siempre agrede. Pero al hacerlo, se convirtió en implacable verdugo del flujo migratorio cubano.
Y ahí estamos hoy parados. Intentando manejar un drama humanitario para el cual no estábamos preparados y para el que requeriremos no solo ayuda internacional en tanto (ojalá) se habilite el corredor solidario que pretende nuestro gobierno, sino especialmente de sensibilidad y capacidad para demostrar de qué madera estamos hechos los costarricenses en la vida real. No en la adhesión virtual a las buenas causas.
Ahora vamos a probarnos si realmente queremos seguir siendo una nación de gente que adhiere los derechos humanos y el derecho internacional humanitario o si —por el contrario— queremos hacer parte del desplante de aquellos que se erigen en muros de intolerancia al mejor estilo de Nicaragua o de Hungría. De Daniel Ortega o de Viktor Orbán.

Vilma Ibarra