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¡Llegó la hora! ¡Fluir!

El premio al esfuerzo es acercarse, cada vez más, al momento de poder gritar: ¡Lo hicimos! ¡Estamos donde queríamos llegar! Pocas emociones se comparan al gozo del desafío de estar allí, donde una vez se soñó y fue difícil: los exámenes finales.
Sin embargo, tocar la puerta no es entrar, y nunca se gana nada hasta ganarlo. Cuando la meta está cerca el esfuerzo debe redoblarse. Por más inspiración que haya, y por altas que sean las posibilidades, nada sustituye al coraje y al trabajo durísimo que se requieren en las últimas etapas de todo proceso. Sea en el deporte, en la empresa, o en la formación educativa, los exámenes finales siempre son los más complicados; por eso es que a ellos solamente llegan los mejores, los fuertes, los que aprendieron con sensatez de sus éxitos y con humildad de sus contratiempos, los que nunca dejaron de avanzar ni de creer en sí mismos.
Llegan quienes estén dispuestos a sacar toda su fuerza, más allá de cualquier dolor o precio. En estas instancias la competencia se convierte —simbólicamente— en una batalla, en la que el espíritu gladiador está presente en quienes entran a la arena de la vida a luchar por sus anhelos y por sus seres queridos. ¡Garra, coraje, sudor! No, eso no es para cualquiera.
Paradójicamente, junto a todo ese derroche de energía física, la mente ha de estar serena y fría. De ella saldrán la capacidad de discernimiento, la astucia, y la inteligencia para lidiar con competidores respetables que también tienen sus cualidades. La conciencia de haberse preparado con máxima exigencia provoca que el momento cumbre, el examen, se convierta en un disfrute, en una experiencia de suma pasión.
Esa misma conciencia íntima hace que los temores se sustituyan por la sensación de “fluir”, es decir, de conectarse y de inspirarse con la experiencia. Vivir con intensidad el instante presente, sin abrir la puerta a angustias del pasado ni a ansiedades por el futuro, hace vibrar el alma de quien sí es un ganador, de quien permite que esa fuerza interior salga a flote, se exprese con gozo y disfrute de ser protagonista directo, marcando la diferencia. Fluyen quienes siguen las palabras de Winston Churchill: “El entrenamiento debe ser tan fuerte, que la guerra sea el descanso”.
A pesar de la intensidad de la lucha, quienes se preparan mental y emocionalmente sienten que todo ocurre en “cámara lenta”, lo cual les permite interpretar, pensar, decidir, controlar y… ¡fluir! La ecuanimidad y la solidez de la concentración marcan una diferencia, especialmente cuando también hay confianza en la estrategia y disciplina para ponerla en acción.
Cuando la hora llega y estamos preparados, lo mejor de nosotros fluirá, con fuerza contagiosa que hace que todo el equipo se inspire para llegar a la cima, a su meta.

German Retana
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