Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 22 Julio, 2013

¿Podemos depositar alguna esperanza en nuestros gobernantes? ¿Debemos? Creo que no. No esperemos nada. No esperemos sentados


Esperanza

Trato de no tener muchas esperanzas porque cuando las tengo y no se cumplen caigo en depresión. Espero poco en todas sus acepciones: tengo pocas esperanzas de conseguir lo que deseo; no creo que vaya a suceder algo, especialmente si es favorable; no permanezco mucho tiempo en un sitio donde se supone que va a llegar alguien o que algo va a pasar; sí, puede ser que espere que suceda algo antes de asumir una actitud y, sí, sé lo que me espera; pero, no, no espero nada de muchos.
“La esperanza es lo último que se pierde”, reza un clásico refrán. Una amiga insiste que en realidad es lo penúltimo: lo último es la panza.
Aunque Esperanza es un bello nombre femenino, no me hubiera atrevido a depositar tanta responsabilidad en una hija.
El primero de agosto se celebra el día de Esperanza, santa y mártir que en el Siglo II murió a causa de las torturas a las que fue sometida por orden del emperador romano Adriano. Junto a ella murieron sus hermanas Fe y Caridad. Su madre, Sofía, murió poco después de darles sepultura.
Las niñas llevaban los nombres de las tres virtudes teologales que según el cristianismo, son dones que Dios concede en el momento del bautismo. Siempre van juntas y no son teóricas sino una manera de enfrentar la vida.
A mediados del siglo pasado Costa Rica también tuvo tres hermanas que se dedicaron a la educación primaria: las niñas Fe, Esperanza y Caridad.
En uno de los mitos clásicos de la mitología griega, Prometeo, luego de crear a los hombres ignorando la voluntad de su padre Zeus, guardó en una caja todas las desgracias humanas. Su progenitor se vengó exigiéndole a Vulcano que creara una mujer de barro, Pandora. Ella fue la que abrió el arcón y de allí salieron todos los males: el dolor, los vicios, odios, rencores, envidia, locura, la vejez, las compulsiones, los miedos y muchos más. Entre todas estas desgracias también estaba guardada la esperanza.
¿Es acaso la esperanza un mal? Puede ser. Después de todo sirve para muy poco. Es un consuelo, una expectativa de hechos que tal vez nunca sucedan, a veces hasta un freno para actuar y, en lugar de intentar un cambio, sentarse a esperar que este ocurra. Y es que la expresión “esperar sentado” implica que uno puede quedarse así toda la vida.
Durante la campaña electoral de 2008 en Estados Unidos, el artista urbano Shepard Fairey, diseñó un afiche icónico. Se trataba de un retrato en estarcido de Barak Obama en rojo, beige y azul, y bajo la imagen la palabra hope (esperanza en inglés).
La campaña fue un éxito y la imagen fue reproducida en muchos productos además de imitada y variada, convirtiéndose en un diseño tan reconocido como el clásico afiche del Che Guevara.
¿Podemos depositar alguna esperanza en nuestros gobernantes? ¿Debemos? Creo que no. No esperemos nada. No esperemos sentados.
Esperemos un tiempo prudencial para analizar sus acciones y determinar si merecieron o no el voto de confianza (que no de esperanza) que les entregamos. Y no esperemos para protestar, exigir y actuar. La responsabilidad es de todos.


Claudia Barrionuevo

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