Mishelle Mitchell Bernard

Mishelle Mitchell Bernard

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Jueves 27 Abril, 2017

Esclavitud en el siglo XXI

Esclavitud remite al andar cansado de pies atados a grilletes y a quien no es dueño de su voluntad, ni de su cuerpo. Remite a las imágenes de hombres, mujeres y niños traficados desde tierras lejanas y que eran traídos para trabajar forzadamente para ganancia y goce ajenos. La esclavitud remite a la negación de los derechos más elementales de todo ser humano.

Aunque la imagen de la esclavitud haya cambiado, y no necesariamente evoca a grilletes y espaldas laceradas por un látigo, lo cierto es que hoy, en pleno siglo XXI, millones de personas siguen viviendo en las indignas condiciones de la esclavitud, y muchos de ellos son niños y niñas.
La organización Anti Slavery define como un esclavo moderno a quien “se le obliga a trabajar mediante amenazas psicológicas o físicas; se le convierte en propiedad de un empleador, generalmente mediante maltrato físico o mental; se le deshumaniza y se le trata como a una mercancía, o se le compra y vende como a una pertenencia; se le limita físicamente o se le imponen restricciones a su libertad de movimiento”.
El 16 de abril reciente se conmemoró el Día Internacional contra la Esclavitud Infantil, que nos sirvió para recordar la grosera cifra de más de 9 millones de niños, niñas y jóvenes de todo el mundo sometidos a alguna forma de esclavitud contemporánea, al ser obligados a trabajar (5,7 millones), que son explotados sexualmente (casi 2 millones), son víctimas de trata (más de 1 millón) o se convierten en niños soldado (unos 300 mil) de acuerdo con cifras de la OIT y UNICEF.
Pensaríamos que la esclavitud es una situación exclusiva a naciones lejanas, pero como su caldo de cultivo son la pobreza y la persistente desigualdad, la esclavitud infantil también está presente en América Latina.
La viven miles de niñas cuya virginidad es subastada en línea entre predadores sexuales. La viven miles de niños más que trabajan en las profundidades de una mina, en campos agrícolas, o en los salones de alguna manufacturera. Y más recientemente, vemos el nuevo rostro de la esclavitud infantil con niños y niñas forzados a la mendicidad —con la obligación de entregar una cuota diaria a sus explotadores— o en los oficios domésticos, cuando los padres entregan a sus niños a parientes en la ciudad “para mejorar sus oportunidades”.
En todos los casos, las labores forzadas que desempeñan los niños y jóvenes esclavos interrumpen su desarrollo y los obligan a desertar de su proceso educativo, condenándolos al perenne círculo de la miseria.
El Día Internacional contra la Esclavitud Infantil se conmemora porque persiste. Todavía persisten historias como las del niño paquistaní, Iqbal Masih, quien a los cuatro años fue entregado por su padre a un fabricante de alfombras para saldar la deuda adquirida para pagar la boda de otro hijo.
Iqbal vivió 12 años, ocho de los cuales trabajó extenuantes jornadas. Su vida terminó de un balazo cuando decidió alzar la voz, consciente de que era explotado.
Que nuestra indiferencia no sea el nuevo grillete, ni la inacción colectiva el nuevo látigo de quienes son esclavos en el siglo XXI. Necesitamos a todo el mundo para eliminar la explotación laboral, una forma grotesca de violencia contra la niñez.
La autora es directora regional de Comunicaciones de World Vision para Latinoamérica y el Caribe