Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 16 Abril, 2015

Vericuetos

Errare, ¿humanum est?


La semana pasada, mientras el renunciado Viceministro del Micitt decía que 23 abogados habían asesorado la redacción del Proyecto de Ley de Radiodifusión, la entonces señora ministra, doña Gisela Kopper, compungidamente reconocía que la inclusión de sanciones que coartarían la libertad de expresión habían sido un “error humano muy fuerte”.
Preguntas que no recibirán respuesta:
1. Un proyecto de tal trascendencia para el país, ¿no es consultado con la más alta jerarquía de un ministerio?
2. ¿Por qué siendo que el tema en cuestión de alta prioridad en la agenda ministerial no lo leyeron los jerarcas?
3. ¿Hubo un segundo texto, versión sustitutiva o maquillada con contenido diferente?
4. ¿No hay una política uniforme y directrices claras sobre lo que se quiere y cómo se quiere?  
5. ¿Sabía doña Gisela que alguien, probablemente anónimo, copió textualmente partes de leyes de Estados que hoy son cuestionados por su absoluta carencia de libertad de prensa?
6. Y si lo sabía, ¿compartió esa tendencia?
7. ¿Fueron los exjerarcas simples chivos expiatorios o se les llevó a la pira por desviaciones ideológicas?
8. ¿Conoceremos la lista de todos y cada uno de los personajes que participaron en la conceptualización y en la redacción del proyecto y sabremos a quién o quiénes representaban en esa mesa?
9. Una ministra, un viceministro, 23 abogados, técnicos en el tema, asesores, consultores, etc., etc., ¿son capaces de cometer, todos juntos, al unísono, un “error humano muy grave”?
10. ¿Se certificará el error colectivo para aplicar al registro de los récord mundiales de Guinness?
Los ciudadanos  sabemos que los políticos son tan seres humanos como lo es “ese que llaman pueblo”, parafraseando a don Fabián Dobles.
Entendemos que se equivocan, que no pueden involucrarse en todo, ni atender lo superfluo. Aceptamos que tienen que confiar en sus asesores, que estos a veces los embarcan, que vienen presiones de arriba, de abajo y de los cuatro costados.
Pero también es importante que ellos comprendan que los ciudadanos lo que no aceptan, lo que castigan, el precio que cobran, es la falta de consecuencia, la disonancia entre lo que se predica y cómo se actúa.
No creo en casualidades ni en diablillos que ponen trampas y se regocijan mientras  30, 40 o 50 personas cometen muy graves errores humanos al mismo tiempo. Creo en la incoherencia, en los falsos predicados y en agendas ocultas que son una infamia a la democracia.
Creo en la necesaria consecuencia, en que los gobernantes deben decir, clara, sincera y contundentemente, hacia dónde quieren conducir al país y creo en el derecho de los ciudadanos de pedir un cambio de derrotero.
He oído decir que en Micitt hay funcionarios de muy alto nivel que no comparten en el fondo ni en la forma la ruta que se asoma en el proyecto, que les pica la mano por firmar la renuncia y salir corriendo, que no quieren estar en el momento funesto, ni formar parte de la tripulación a la que “la historia no absolverá”.
Muy bien por las fracciones del Congreso que reaccionaron categóricamente, salvo por aquellos que se visten con ropajes ajenos, que “mientras tanto” se alinean y acomodan esperando su momento histórico, ese que creen que vendrá inexorablemente, el momento de la verdad verdadera, no de la verdad electorera;  nueva versión del Caballo de Troya (que sí sabemos qué lleva adentro).
Ceteris paribus.

Tomás Nassar