Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 24 Septiembre, 2011


ELOGIOS
Engaña pichanga


Hace unos cuantos años, de visita a Buenos Aires fuimos con amigos a tomar un café en Corrientes y Paraná, enfrente del departamento en que viviera con Zita el inolvidable Aníbal Troilo, Pichuco. Esa esquina es para mí uno de los sitios emblemáticos más atractivos del centro de la ciudad de Buenos Aires.
Desde muchachos nos reuníamos ocasionalmente en ese café para jugar con el idioma y en especial para discutir la etimología de los términos más raros del lunfardo, el lenguaje del tango y el argot propio de los lunfardos o lombardos que hoy tiene una Academia a nivel mundial que opera en Argentina y se extiende al Uruguay.
Nos divertíamos investigando y aportando etimologías y defendíamos nuestras tesis con ardor hasta que José Gobello publicó su obra Lunfardía y comenzó a poner las cosas en su lugar hacia los años sesenta. Tal vez lo hacíamos porque no existían redes sociales sino palomas mensajeras.
Carlos Gardel había hecho un derroche de brillantez en sus tangos lunfardescos y en especial en el modo de decirlos, hasta que Edmundo Rivero los extendió más allá de su origen carcelario, cuando ya formaba parte del lenguaje hablado de Buenos Aires, como un argot que disimulaba intenciones con sus vocablos desconocidos para los no iniciados y de hecho para distinguir al criollo de los inmigrantes que insistían en hablar en sus lenguajes y dialectos nativos.
Desde ya nos encantaba descubrir los términos de origen hispano, pero que conformaban la picaresca de la madre patria y muchas veces los confundíamos con los dialectos indígenas que nos corregían los profesores de idioma pretendiendo purificar lo que provenía del pueblo y se imponía en la vida cotidiana, a riesgo de hacernos pasar por intelectualoides burlados permanentemente por el pueblo.
En una oportunidad, Ernesto Vega, malogrado amigo y abogado se refirió a algo engañoso, falso, sin fundamentos como un “engañapichanga” lo que me causó mucha gracia, porque desde la infancia no lo escuchaba y Ernesto me preguntó si no sabía lo que era y le dije que sí pero que me reía porque era un término antiguo que ya nadie usaba o al menos era desconocido por los jóvenes; se armó una discusión inútil y yo no encontré nada mejor que iniciar una encuesta entre los chicos y chicas de las mesas que se encontraban en el local para ver si sabían su significado, lo que no arredró a Ernesto, quien reclutó a dos saloneros expertos en tango y les explicó que yo era autor de una obra de tango y que me hicieran toda clase de preguntas difíciles o casi imposibles de responder y se desquitó: me dejó en ridículo mientras los contertulios formaban divertidas ruedas para desalentarme.
Lo pasamos muy bien (yo no tanto) aunque aprendí la lección, pero siempre me quedó la duda del origen del término que figura en el Diccionario de la RAE como equivalente de charlatán en Bolivia, engañabobos en Argentina y Uruguay, escoba en Colombia y para mi sorpresa, pichanga es de origen quechua y significa lo que es mejenga en Costa Rica, así que “pichanga” en Chile, Bolivia y Perú, es lo que equivale a “picado” en Argentina y pachanga en España.
Pero la verdad es que “engañapichanga” me cobró su cuota porque sé lo que es pero no de dónde proviene.

Leopoldo Barrionuevo
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