Alejandra Esquivel

Alejandra Esquivel

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Jueves 18 Agosto, 2016

El uso de las tarjetas de crédito en Costa Rica no se está canalizando correctamente, lo refleja ese 3,02% del PIB en deudas que manejan los costarricenses al cierre de abril 2016

En paralelo

El martes anterior el Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC) publicó el segundo estudio trimestral comparativo de tarjetas de crédito con corte a abril 2016, basado en parámetros vigentes a esa fecha.
El objetivo del informe —juzgo— se cumple: se presenta un análisis de los aspectos relevantes de las tarjetas de crédito disponibles en el país, así como información actualizada al tarjetahabiente con relación a tasas de interés en colones y dólares, tasas moratorias, costo por membrecía, costo por renovación de membrecía, costo por tarjeta adicional, comisiones por retiro de efectivo, plazo para pago de la tarjeta, beneficios adicionales, factores que podrían ser de interés del tarjetahabiente para una toma de decisión razonada.


Los números que presentan estos informes suelen preocupar por un par de días a quien los lee o quien los escucha en los medios de comunicación, pero también suelen “olvidarse” por otros tres meses hasta que sea publicado el siguiente informe.
En “análisis paralelo” que formulo en el presente escrito, no son los ya conocidos niveles de tasas que alcanzan el orden del 50% anuales, ni los 2.229.011 de plásticos activos a la fecha del informe, lo que llama mi atención, sino que como sociedad, parecemos no entender que el dinero debe ser el medio y no el fin, de ahí que en promedio nos caractericemos por gastar en lugar de invertir, de emprender, de innovar, lo que no solo limita el marco de acción de los individuos, sino que escala a la dinámica de desarrollo país en la que estamos inmersos.
Las tarjetas de crédito no deberían estar en manos de quien no las entienda ni de quien carezca de autocontrol frente al consumismo; si los dos ingredientes se combinan, estaremos frente a tarjetahabientes que no solo perderán el control de sus plásticos, sino inevitablemente de sus finanzas, lo que típicamente culminará en efectos bola de nieve poco alentadores para estas personas y sus familias, pues el sistema solo es capaz de expedir tarjetas contra evaluación de aspectos técnicos para medir capacidad de pago, pero quien posea una tarjeta debe dimensionar que no se trata solo de poder pagarlas, sino de saber gestionarlas y controlarlas.
Mi opinión claramente es subjetiva, pero espero promueva la reflexión de cada poseedor de tarjetas.
Las entidades financieras hacen bien su trabajo, aumentan su cobertura de mercado a través de instrumentos que revelamos requerir.
En efecto, las condiciones salariales y de calidad de vida en el país podrían ser mejores, pero por naturaleza, el promedio de los seres humanos nunca estará conforme con lo que tiene por lo que, quien acepta una tarjeta de crédito, independientemente de la razón por la que lo haga, también debe asumir la responsabilidad de su gestión o de su falta de gestión.
Ahogarse en deudas es a todas luces recetarles más problemas a los problemas. Las tasas de morosidad a 60 o 90 días, probablemente no estén reflejando los dolores de cabeza con los que están viviendo los titulares y/o adicionales de tarjetas de crédito.
Saber que salario a salario, los costarricenses están usando una proporción significativa de sus ingresos para hacer frente a deudas en estos instrumentos crediticios, cuyos saldos a cada corte dan la impresión de ser vitalicios… parece importante analizar si esta es una causa de cuidado ante tanto desequilibrio emocional que evidencia nuestra sociedad.
El uso de las tarjetas de crédito en Costa Rica no se está canalizando correctamente, lo refleja ese 3,02% del PIB en deudas que manejan los costarricenses al cierre de abril 2016.
Cada teniente de tarjetas de crédito tiene también una historia paralela a las estadísticas, el tema merece mayor atención si no queremos lamentar que se salga de las manos.