Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 17 Mayo, 2012


Vericuetos
En defensa de Muca


Estos chavalos y chavalas ciclistas de la nueva ola, que andan en bicicletas superlivianas de aleaciones de papel y plumas, y que no saben lo que es subir a Cartago en una Raleigh de panadero, se han atrevido a cambiarle el nombre a estos bípedos a los que ahora llaman “cletas” o “biclas”.
El uso de este término, sin más, denota mucha falta de imaginación porque todas las bicis y las motos son “cletas”, pero es además una irreverencia profunda a sus ancestros, aquellas que andábamos nosotros los que frisamos la tercera edad, que cuando el propietario era solvente podían llegar a tener tres marchas (dura, muy dura y durísima) y pesaban como una buena carga de pecados en Viernes Santo.
Eran, como se dice ahora, literalmente “un portón” que casi siempre tenían un solo plato y una sola marcha.

Mi amor con ellas fue a primera vista y tan lejano que no recuerdo un periodo de mi vida sin su compañía. La primera habría sido una 12 con rodines, que con mucha ilusión adorné con una banderilla de papel, pintada a mano a instancias y complacencias del alcahuete de mi tata, del Partido Republicano Calderonista, cuando hacía apenas cuatro o cinco años.
Las primeras que conocí eran, presumiblemente, inglesas, importadas por la familia Méndez que regentaba las tiendas más famosas de artículos deportivos de entonces, el Centro de Sport y Deportes Méndez, ubicadas en los alrededores del Parque Central y “la Rudge” en el Paseo de los Estudiantes, justo diagonal a la Casa del Tornillo, lugares en los que pasé horas contemplativas de fascinación, observándolas, tocándolas, andando en ellas en mi imaginación.
Era la época en que todas tenían la misma silueta, todas eran igualitas, aunque la versión repartidor de pulpería tenía un amplio y pesado cajón y patas delanteras de hierro y era común verlas adornadas de maletero trasero, grandes focos plateados de dinamo, espejos, pitoretas y toda otra clase de artilugios que hoy, por supuesto, como mínimo serían grandes “poladas”.
Para nosotros ellas no eran cletas, ni biclas, eran y siguen siendo, simplemente “Mucas”.
Intenté infructuosamente uno de estos días averiguar el origen de tan distinguido y apasionante término.
Pregunté a mi buen amigo Alf Giebler autor de “A lo Tico” que tampoco tuvo respuesta precisa, pero que me sugirió consultar a don Abel Pacheco quien sería, según él, la única persona que podría darme esa información.
Don Abel confesó no haber oído el término referido a un bípedo metálico propulsado por dos patas y una cadena, pero hizo una aportación importante: una muca es una vaca sin cachos, versión que coincide con la definición que encontré en la recopilación de Dennis Meléndez Howell “Por la gran pu… qué mal que hablamos”: “dícese de semovientes (vacas o toros) sin cuernos o bicicleta de manivela corta y manubrios enroscados que dan la impresión de la cornamenta (o la falta de esta) de una vaca muca”.
Dado que las manivelas metálicas de nuestras bicicletas de entonces (y de ahora) efectivamente parecían y parecen una vaca muca porque no tienen cachos, no hay entonces razón para contradecir la versión coincidente de Pacheco y de Meléndez.
La única manera de que una vaca deje de ser muca sería ponerle los cuernos, tarea propia y exclusiva de los toros, pero en relación con las bicicletas, que no son susceptibles de infidelidades de ninguna especie porque aún no existen los bicicletos, fueron, son y seguirán siendo “mucas” y no cletas.

Tomás Nassar