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El momento exige toma de decisiones y una nueva generación de líderes capaces de motivar a la población a un esfuerzo conjunto y sostenido de producción en ambiente honesto y transparente

En Costa Rica se puede

Una condición para que un país aspire a mayor desarrollo es que incremente constantemente su producto interno bruto per cápita, que crezca el ingreso de la población económicamente activa y que haya buena redistribución de la riqueza.
Es por esto que no puede menos que tomarse en cuenta los datos del informe de la Organización Internacional del Trabajo sobre Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2010 con ocasión del lanzamiento del Año Internacional de la Juventud de Naciones Unidas. Estos nos dicen que el desempleo juvenil aumentó del 11,9% en 2007 al 13% en 2009, y prevé una subida de hasta el 13,1% para finales de año.
Estas tendencias acarrearán “importantes consecuencias para los jóvenes a medida que nuevos candidatos que ingresan al mercado laboral se sumen a las filas de los desempleados”, señala el informe.
Y aumentarán los desesperanzados que se desvían de la senda recta. No puede haber esperanza para los recién graduados de una carrera técnica o profesional si su expectativa es el desempleo, el subempleo o el empleo mal remunerado.
Pero eso además trae otras consecuencias. Si a esta ya algunos la llaman “la generación perdida” a causa del desempleo, tendrá que transcurrir otra para que el círculo vicioso de la falta de trabajo y la consiguiente pobreza se rompa.
Es este un legado de la crisis económica mundial que se vive con mayor intensidad en unos países que en otros pero que, en general, demuestra que la humanidad, en su evolución, ha mejorado por mucho sus condiciones de vida en algunos sentidos pero no ha sido capaz aún de crear un mundo donde todos tengan oportunidad de estudio, de acceso a una buena salud, al trabajo bien remunerado y, por lo tanto, a la paz y la felicidad.
Sin embargo, y aunque parezca extraño, un mundo así puede existir en un país como Costa Rica, en donde pareciera que solo falta rescatar la tradicional actitud de amor al trabajo, eliminando aquello que llevó a la desesperanza y a la actitud equivocada. Cerrando la brecha entre ricos y pobres.
Eso sí, el momento exige una toma de decisiones sin más pérdida de tiempo y el surgimiento de una nueva generación de líderes, no solo de administradores, capaces de motivar a la población a un esfuerzo conjunto y sostenido de producción en un ambiente de honestidad y transparencia. No puede olvidarse que el ejemplo es la mejor enseñanza.
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