Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 9 Agosto, 2008

ELOGIOS
En sus zapatos

Leopoldo Barrionuevo

En la Universidad de Pittsburgh me preguntaron recientemente ante una aseveración mía: “Usted compara el marketing y la venta con el amor y la amistad y suena un tanto risueño que un término mercantil pueda equipararse a sentimientos de profundidad, a valores sublimados que no tienen que ver con el dinero, que es al menos lo opuesto”.
Y entonces —por fin— pude expresar todo lo que arrastro desde hace muchos años, no menos de 50, por cierto. Y es que el marketing era algo apenas existente cuando cursé mis estudios, que fueron la filosofía y las letras, es decir, por decirlo de algún modo, el humanismo en tiempos de Sartre.
Uno está donde uno quiere muchas veces sin pensar y recibe el bagaje del entorno y el tiempo en que le tocó vivir y contra todo y todos los que lo supusieron a uno un loco, fui maestro, profesor y catedrático antes de lo que hubiera siquiera pensado cuando inicié esa aventura.
Todo contribuyó a mi profesión actual e incluso por razones económicas me vi obligado a participar en concursos que me condujeron a Director de estudios de la Universidad de Ciencias Comerciales cuando el marketing había acabado de nacer. Pero el manejarse con conceptos siempre me facilitó las cosas y también el Humanismo, que me enseñó que el Hombre es la medida de todas las cosas, al igual que los principios, los valores y el amor incoercible a la libertad.
De tal modo que mi comparación tiene que ver con la medida de los zapatos del Otro, es decir, con la actitud tan poco común de ver a los otros tal y como son, sin pretender cambiarlos. Entiendo a la venta como la preocupación por cubrir las necesidades, satisfacer los deseos y resolver los problemas del cliente lo que no implica venderle lo que no le sirve y si el cliente está muy equivocado, ayudarlo a ver qué puede serle más útil, sin por ello ofenderlo en su dignidad.
Es cierto que en el pasado lo importante era vender, cumplir la cuota aunque el cliente abominara el método, se trataba de tiempos de demanda, con escasa oferta amparados por el proteccionismo de la postguerra: la ineficiente industria nacional. Hoy existe una competencia global y no basta la tecnología para subsistir: hay que simplificar el trabajo, seleccionar las prioridades, establecer el liderazgo personal, sostener la motivación, capacitar y cuidar la dignidad de la gente, los verdaderos artífices del trabajo creativo.
Denominamos empatía a la capacidad de ver a través de los ojos del Otro, ponerse en sus zapatos para comprender qué siente y percibe, aunque no compartamos su punto de vista; es también abandonar la posición del que solo ve lo suyo sin saber lo que el Otro sueña, sin poder admirarlo porque aún persigue el arco iris…
Es tal cual el amor y la amistad, que no se edifican en base a pasión y pensamientos idénticos, sino a través del tiempo, compartiendo, que es partir el pan para que al otro no le falte, conversando porque cuando puedo hacerlo me convierto a menudo un poco en otros, sin vivir sus vidas, solo comprendiéndolos y así dar mayor sentido a esta vida que la madre ha prestado y cuya mayor riqueza estriba en ser simples por ser profundos y en amarnos como una consecuencia de amar a los demás.
Ninguna profesión escapa a estas reflexiones y se honran de no vivir tan solo en función del dinero: futbolistas, abogados, médicos, políticos, gobernantes, funcionarios. Es posible que sea cierto, aunque tal vez no abunden. Como los días de sol. Es por eso que pienso que el marketing no es sino una consecuencia de ello: no solo lo mueven los resultados económicos.

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