Humberto Pacheco

Humberto Pacheco

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Martes 14 Junio, 2016

…el pueblo feliz se comía el cuento, sin ver que era él mismo quien se pagaba sus beneficios

El Tico

Varias personas nos han preguntado el porqué, no siendo ticos, criticamos tan ocremente las cosas mal hechas de este país. Ese cuento da una giro histórico y lo dejaremos para después.
Dios nos ha dado la suerte de poder trabajar con vigor durante 56 años de nuestra vida, más o menos los años DE EDAD que usan algunos para retirarse a vivir de la ubre pública. Le damos gracias por tener la salud y la vitalidad de hacerlo. Nos tocó crecer en un período difícil y a la vez fascinante de este país, pasando por una el guerra mundial y una revolución cuando cursábamos los primeros grados escolares. Esta última hubimos de vivirla muy de cerca pues nuestro padre fue perseguido casi de inmediato por los sátrapas que usurparon el poder. Se había negado a ver los resultados electorales para el otro lado.
Sentir una nación revelarse bajo el liderazgo de hombres de gran valía a quienes don Pepe Figueres coordinó. Ver a nuestro padre irse a pelear, dejando atrás a nuestra Madre con dos niños. Apreciar como entregaron el poder en contraste con todos los demás revolucionarios de América Latina, dejando en 18 meses un país mucho mejor del que habían recibido, agregándole de su cosecha, respetando lo bueno y tratando de erradicar lo malo de los gobernantes anteriores, fue beber una poción democráticamente embriagadora.
Las instituciones creadas durante ese corto período y posteriormente, cuando el país decidió llevar a don Pepe a la presidencia constitucional en un proceso democrático inmaculado, fueron factores que forjaron nuestro espíritu de trabajo y sacrificio en un país que apenas venía saliendo de una cruenta Segunda Guerra Mundial.
Los costarricenses de la época, de ambos bandos, hicieron gala de su calidad- excluidos los alacranes que maltrataron a mujeres el 2 de agosto y asesinaron ciudadanos que se opusieron civilmente a la usurpación- y supieron perdonarse los unos a los otros, reconstruyendo de nuevo esta sociedad.
La educación, un baluarte histórico de este país, floreció y nos trajo gran bienestar. Los maestros eran un gremio de costarricenses valioso que se sacrificaba porque sus alumnos progresaran. Los profesionales liberales hicieron crecer la nación y nos convirtieron en ejemplo latinoamericano. Y el país retomó la subida por el escalafón del prestigio internacional que habían interrumpido los usurpadores del poder.
Pero era demasiado bueno para que durara. Con el paso de las décadas, de las instituciones que se crearon como medida temporal, tomaron el control una especie de políticos que don Beto Caños acertadamente llamó la gradería de sol y, por supuesto, las perpetuaron. Y esas instituciones tomaron el control del país.
Mientras los costarricenses de todos los estratos sociales trabajaban por surgir y llevar sustento a sus hogares, esa secta, casi secretamente, fue cambiando las reglas del juego. Los políticos de turno, más interesados en sus triunfos personales que en su patria, le fueron cediendo privilegios a los sindicatos como un medio de fortalecerse ellos mismos. Juntos- políticos y sindicalistas- comenzaron a “paternalizar” a los jóvenes, llevándolos hacia una dependencia política que los hiciera cautivos de sus maniobras. Fue surgiendo el “nos tienen que dar”, y les daban. “Esto para el pueblo; esta jugosa comisión para mi”, y el pueblo feliz se comía el cuento, sin ver que era el mismo quien se pagaba sus beneficios y los que los políticos y sus aliados sindicalistas se echaban encima.
Nuestra exitosa sociedad se fue volviendo a corromper, profanando los principios por los que había ido a la revolución en 1948. Continúa.

Lic. Humberto Pacheco A., M.C.L.
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