El rito de los difuntos
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El rito de los difuntos

 

Albano, natural de Alba, es un celta cuyo nombre significa blancura.

Esta noche, pero hace 3 mil años, Albano y su pueblo celta están de fiesta. Preparan la celebración para Samhain, el dios de los muertos, celebrado cada 1° de noviembre, que marca el inicio del año nuevo celta.

Alda es su novia, el nombre significa “la más bella”. Participa entusiasmada del culto a los muertos, una ceremonia druídica; es decir, un rito practicado por los antiguos galos y britanos, miembros de la clase sacerdotal asociada al poder político.

Son los celtas quienes dan origen al Halloween, cuyo significado es “víspera de todos los Santos”.

Conocido en Hispanoamérica como Día de las Brujas, el Halloween es una celebración vinculada al mencionado dios Samhain; fue la festividad más importante del periodo pagano que dominó Europa hasta su conversión al cristianismo.

La conmemoración de los difuntos fue incorporada gradualmente en el ritual cristiano, pero tiene al menos 3 mil años de antigüedad.

El culto a los muertos, en nuestro espacio geográfico, es una celebración de origen mesoamericano —México y Centroamérica— que honra a los muertos cada 2 de noviembre, coincidiendo con el Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos, instaurado por la Iglesia católica.

La misma inspiración de Albano y de Alda es compartida por los habitantes de nuestros países, cuyo rito a los muertos a través de los siglos, mereció que la Unesco lo declarara Patrimonio Cultural Intangible.

Lo que Albano desconoce es que mientras ellos celebran la muerte una vez al año, en nuestras tierras separadas por un océano, el calendario azteca observa al menos seis festejos dedicados a los muertos en el periodo de 18 meses por el que está compuesto.

Para los antiguos, la muerte no tenía connotaciones morales religiosas, en las que ideas sobre infierno y paraíso simbolizan castigo o “salvación” del alma. Los mesoamericanos creían que los rumbos destinados a las almas de los muertos estaban determinados por el tipo de muerte que habían tenido, y no por su comportamiento en vida.

Por ejemplo, un ahogado iría al paraíso de Tláloc, dios de la lluvia, mientras que un guerrero abatido en combate se dirigiría al paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, dios de la guerra.

Si bien es cierto, la “antropología de la muerte” (rama antropológica dedicada al tema mortuorio) se concentra hoy en el estudio particular de los ciclos de las transformaciones imaginadas por una conciencia colectiva para darle sentido a la muerte, analiza también las relaciones entre vivos y muertos, como el fenómeno sociológico de la necromancia, que trata de adivinar el futuro por evocación de los muertos.

No obstante, en la mitología necrófila mesoamericana, uno de los destinos más bellos del alma sería el “Omeyocan”, un lugar de gozo permanente, en el que se festeja al sol. Luego, el alma volvería al mundo convertida en un ave de plumas multicolores.

Curiosamente, coinciden estas culturas con la concepción actual de la muerte: esperanza. En aquellos antiguos, la fe era trascender convertidos en hermosas aves; en las sociedades modernas, por influencia de las religiones monoteístas principalmente, la “esperanza” es una vida más allá de la muerte, sea por reencarnación, condenación o la salvación y gozo eternos. No hay diferencia entre el dios celta Samhain y las divinidades mesoamericanas Tláloc, y Huitzilopochtli; un inexplicable y misterioso hilo invisible une a los celtas Albano y Alda, con nuestros antepasados mesoamericanos… y con nuestros hijos hoy.

 

Editores jefes: Carmen Juncos y Ricardo Sossa / [email protected][email protected]

 

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