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Martes 23 Diciembre, 2014

El gobierno, los diputados del FA, así como algunos del PUSC, tratan de vendernos la moto con el cuento de que más plata para el gobierno es más dinero para los más necesitados


El presupuesto: una discusión política

La discusión sobre el presupuesto nacional, que ha copado la atención en los últimos meses, no se explica, de ninguna manera, como reacción de la “derecha neoliberal” frente a “fuerzas progresistas” que buscan enderezar la carreta por el recto rumbo de la justicia social. Se trata del mantra, de sobra conocido, de los políticos del Frente Amplio. Para ellos, los costarricenses habrían espetado en abril un no rotundo a la codiciosa clase política de los últimos 30 años. En el lenguaje de estos consumados demagogos, ‘neoliberal’ viene a ser sinónimo de todos los que piensan que la crisis no se resuelve engordando con más recursos a un dispendioso y desconsiderado ogro estatal, cediendo a las presiones de sindicatos y otros grupos que han hecho del Estado su loba capitolina, el caballo de Troya gracias al cual se han servido históricamente para avanzar sus intereses y beneficiarse a costa de una ciudadanía cautiva e impotente frente a los designios de Zapote y Cuesta de Moras.
Tampoco se trata, como algunos economistas de vocación keynesiana insinúan, de una suerte de mística necrófila del recorte, sin mayor explicación que la codicia y un enfoque errado de lo económico. El fetiche estatista no ceja de pregonar que más gasto necesariamente implica mayor inversión social en favor de las grandes mayorías. Fácil es darse cuenta, echando mano a datos duros, de la falsedad de este planteamiento, pero acendrados prejuicios -—devenidos idolátricos— de lo público no sucumben fácilmente frente a evidencias empíricas. El gobierno, los diputados del FA, así como algunos del PUSC, tratan de vendernos la moto con el cuento de que más plata para el gobierno es más dinero para los más necesitados. La realidad es muy otra, y es que la mayor parte del presupuesto se irá en solventar el servicio de una deuda pública, producto justamente de políticas irresponsables y clientelistas, así como en el mantenimiento del nivel de vida de un estamento de empleados públicos, quienes han creado para sí beneficios gremiales sin ninguna consideración de la salud del fisco, mucho menos del bienestar de sus compatriotas más desvalidos.


Si a nivel individual el ahorro no es necesariamente sinónimo de dinamismo económico, en el nivel macroeconómico del presupuesto de la República nos enfrentamos a una discusión bien distinta, antes política que técnica. Si no se toma perentoriamente al toro por las astas, esto es, la discusión sobre el tamaño del Estado, el gasto público y los obstáculos a la productividad y la generación de empleo —con el pretexto de que ello generaría mayor recesión— nunca saldremos del círculo vicioso en el que nos encontramos, y seguiremos pateando el balón hacia adelante.
El gobierno parece haberse hecho con una victoria pírrica, gracias a una amañada, y autoritariamente conducida, “aprobación” presupuestaria, pero el golpe asestado al fetichismo estatal, al discurso de aquellos que, de buena o mala fe, sostienen que más dinero para el gobierno es mayor inversión social para el bienestar general, ha sufrido un profundo golpe. Nuestro pueblo ya no come cuento tan fácilmente. El estatismo ha mostrado finalmente sus pies de barro.

Iván Villalobos Alpízar
Profesor UCR ([email protected])