Silvia Castro Montero

Silvia Castro Montero

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Jueves 27 Marzo, 2014

Las palabras y pensamientos destructivos envenenan el alma de quien las dice y los piensa, aunque sea en broma. No hagamos a otros lo que no nos gusta que nos hagan


El prejuicio del clasismo

Cuando hablo del prejuicio, me refiero a esa tendencia perniciosa de los seres humanos de prejuzgar, de forma negativa, a un grupo de personas o a los miembros de ese grupo, por su forma de vestir, hablar, pensar o actuar. Cuando se actúa sobre el prejuicio, se discrimina y se ofende, deteriorando así el bienestar humano.
El racismo, el sexismo, la homofobia, la discriminación por edad o por religión son prejuicios comunes en nuestra cultura.
Otro prejuicio es el clasismo, la actitud discriminatoria que defiende y mantiene las diferencias entre las clases sociales. Este prejuicio se evidencia en las declaraciones o creencias de las personas cuando se expresan en términos despectivos sobre las que tienen más dinero, poder, o posición social, o cuando lo hacen, por el contrario, con disgusto por las que no lo tienen.
Los prejuicios se basan en estereotipos que sostienen las personas, en las sobregeneralizaciones que hacemos con respecto a un grupo social, las cuales típicamente son negativas.
Muy frecuentemente, estos estereotipos van de la mano con conductas discriminatorias, lo que pone a los miembros del grupo en situación de desventaja, al ser tratados injustamente por el simple hecho de pertenecer a él.
Es así como los clasistas tildan al millonario de estafador, agarrado o explotador, o al pobre, como holgazán, parásito o malagradecido.
¿Pero por qué somos así? Según los estudios en el campo de la psicología del prejuicio, nacemos con una tendencia natural de clasificar la información que percibimos en categorías mentales, para facilitar nuestro entendimiento del mundo.
El problema con categorizar rígidamente a las personas en “ellos” y “nosotros”, es que tendemos a minimizar las diferencias entre las personas de nuestro propio grupo, y a exagerar las diferencias entre los grupos sociales distintos, lo cual distorsiona nuestras percepciones de la realidad.
También somos prejuzgados porque nos acomodamos a las normas sociales de nuestro grupo, buscando un sentido de pertenencia, autoestima e identidad; si el grupo al que pertenecemos es prejuzgado, las personas que lo conformamos adoptamos las creencias y conductas prejuzgadas del grupo, y luego nos resistimos a cambiar de parecer.
Las personas con más baja autoestima son las que tienen más predisposición de expresar prejuicios. Juzgamos sin saber porque tenemos poco contacto con personas que no pertenecen a nuestro grupo social.
Por ello, antes de juzgar a las personas, debemos tomarnos el tiempo de conocerlas. Desde mi propia experiencia, las primeras impresiones usualmente son equivocadas.
Las palabras y pensamientos destructivos envenenan el alma de quien las dice y piensa, aunque sea en broma. No hagamos a otros lo que no nos gusta que nos hagan. A quienes somos sujetos de estos prejuicios nos duele. Seamos gente educada y humana.

Silvia Castro

Rectora de ULACIT