Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

Enviar
Viernes 29 Abril, 2011


El precio de los TLC


Han pasado ya las celebraciones de la inauguración del nuevo y majestuoso estadio nacional donado por el partido comunista de China a través de su gobierno. Nunca en nuestra historia se ha celebrado en forma tan extensa y variada la inauguración de un edificio como en este caso. Y no es para menos. Se trata de expresar, mediante un grandioso monumento, el nacimiento de una nueva era en las relaciones internacionales de nuestra nación. Costa Rica se abre al país que emerge como la primera gran potencia mundial surgida del Tercer Mundo asiático y gracias a una revolución comunista encabezada por quien ha sido considerado por muchos historiadores y políticos como el hombre más influyente del siglo XX: Mao Tse Tung.
La segunda administración de Oscar Arias, tan plagada de errores, tan acusada de corrupción por amplios sectores de la opinión pública, tan cuestionada en su legalidad y tan dudosa en su elección por haber sido el resultado de una decisión dudosamente constitucional de la Sala IV, lo mismo que por haber logrado una ínfima mayoría en las elecciones de febrero de 2006 luego de que el TSE tardó en dar los resultados por más de un mes (caso absolutamente insólito en nuestra historia política reciente), pasará a la historia, sin embargo, por haber tenido la audacia y visión histórica de ser el primer país de Centroamérica, considerada como “traspatio del Imperio”, en romper con Taiwán y establecer relaciones plenas con China. Además, China compró millones de dólares en bonos de nuestra deuda, salvando al gobierno de Arias de una seria amenaza de quiebra.
Todo eso es cierto y parece tan maravilloso como un cuento de hadas. Sin embargo, en política como en negocios, no hay almuerzo gratis. No se arranca pelo sin sangre. Por eso debemos preguntarnos cuál es el precio que debe pagar el pueblo costarricense por tan generosa dádiva y por ese imponente estadio inaugurado con tanta pompa con la presencia de nuestros mejores atletas y de altas autoridades, tanto nacionales como chinas. El precio ha sido la firma del TLC con esa gran potencia asiática.
Ciertamente no es el único TLC que han firmado nuestros gobiernos. En principio y en lo personal no estoy en contra de firmar esos instrumentos legales para abrir nuestros mercados. Pero no a cualquier precio. En concreto, opino que los TLC firmados con países como Canadá, República Dominicana, las Islas del Caribe anglosajón e, incluso, Chile y México, aunque tienen sus bemoles, pueden sernos beneficiosos. Pero pienso que los TLC firmados con las grandes potencias: Estados Unidos, Unión Europea y China, tal como están, son nefastos para la producción económica nacional.
El TLC firmado con Estados Unidos traerá ruina a nuestros campesinos y hará impensable la soberanía alimentaria en una época en que en los mercados internacionales los precios agrícolas, como el trigo que es vital para el país, adquieren precios exorbitantes. Basta con ver lo que está pasando en un gran país como México. Allí 10 millones de campesinos, especialmente productores de maíz, han sido llevados a la ruina y solo les queda como destino irse como indocumentados a Estados Unidos o involucrarse en el narcotráfico. México, que antes de que entrara en vigencia el TLC era un exportador de productos agrícolas, ahora debe importar más del 40% (33% del maíz que consume en tortillas, la comida más popular para ese pueblo). En el caso del TLC con China serán nuestros industriales y comerciantes los más perjudicados. ¿Quién podrá competir con el dragón asiático?
Frente a esa ominosa perspectiva, ¿qué hacer? Solo queda exigir al gobierno una revisión profunda de esos TLC, luego de hacer una consulta democrática con los sectores que, presumiblemente, serán los directamente perjudicados. Pero lo anterior solo se logrará si el pueblo se moviliza y se generan corrientes de opinión pública muy críticas. Porque este gobierno no hará nada por su propia iniciativa mientras sea Anabelle González quien maneje la política comercial del país.