Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 11 Junio, 2011


ELOGIOS
El porqué de los Elogios


Más de un amigo me interroga a menudo el porqué de los Elogios, debido a que cuando los inicié en LA REPUBLICA no tenían otro objetivo que seguir su relación con otro término que es “Epitafio”, que proviene también del latín y no origina confusiones ya que honra a un difunto y deriva del griego epi, sobre y taphos, tumba, o sea una inscripción sepulcral, por lo general elaborada en verso. Es de carácter laudatorio, de alabanza pero originalmente se le brinda al que ya no está y por tanto, ya sabemos que el que se fue ya no cuenta.
Lo doloroso es que el elogio es un vocablo en desuso y su expresión es de los muchos chunches en proceso de extinción, de los tantos que se van yendo empujados por lo que los viejos llamaban otrora el progreso.
Con la decadencia de las relaciones familiares y la incapacidad de los padres de mantener disciplina y autoridad en sus hogares, la intolerancia, el silencio, el no te metás y el portamí predominan en nuestra mínima comunicación hogareña, en un hogar en el que se impone la pasión que dura mientras la testosterona va mermando o se desgasta en alas de otras búsquedas.
Las consecuencias de la vida actual nos van conduciendo a la competitividad de la pareja por el éxito profesional, las demasiadas horas en contacto con otros, el trabajo abrumador, la ansiedad por poseer lo último y el vacío existencial, todo lo que nos aleja y nos torna indiferentes. El elogio, la palabra de encomio, el aliento y la motivación hacia el otro se va convirtiendo primero en aburrimiento, luego en indiferencia, y por fin, en desprecio y búsqueda de nuevas experiencias.
Pero no sucede solamente en el hogar, se repite en la oficina, en la fábrica, en la tienda con los subordinados y también con los amigos, mientras por el contrario se derraman alabanzas sobre artistas ocasionales que persiguen la fama, mientras el consuelo llega al escribir lo que ya solo se dice a los extraños en las redes sociales, donde la cantidad de amigos que se desconocen alcanza cifras inverosímiles, a pesar de que la vida te enseña que los amigos no pasan de un puñado a lo largo de los años: la inmensa mayoría son apenas nombres que no podemos recordar, una estadística cuantitativa que envanece a unos cuantos.
Lo que no te brindan otros como compensación, se compra en librerías en textos de autoayuda, en telenovelas de final siempre predecible, en canciones que denigran la poesía, en la compañía de mascotas que reconocen a quienes les dan abrigo, comida y hasta palabras de cariño si aprenden a no hacer sus necesidades en sitios prohibidos, el resto es mover la cola y mirar al amo/a con ojos de carnero degollado.
Por eso esta columna, pretenciosa en revivir el elogio, no quisiera verlo como un gesto que se va muriendo sin que nos demos cuenta, en la medida que el mismo va perdiendo el valor del homenaje para sobrevivir en el gesto de los hipócritas, los chupamedias, los turiferarios y los manya orejas de siempre.

Leopoldo Barrionuevo
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