Silvia Castro Montero

Silvia Castro Montero

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Sábado 6 Agosto, 2016

El verdadero pensante es autocrítico, evita tomar posturas para no basarse en sus primeras impresiones, sustenta sus posiciones con hechos y datos, muestra empatía con los puntos de vista de los demás

El idiota sabelotodo

Lao Tzu, filósofo chino, murió unos 500 años antes de Cristo, y desde entonces observaba que los seres humanos sobreestimaban sus propias capacidades.

En 1999, los investigadores Dunning y Kruger, de la Universidad de Cornell, estudiaron este fenómeno y lograron identificar un sesgo cognitivo, un efecto psicológico que produce una desviación en el procesamiento de la información sensorial que perciben las personas, que a su vez genera un juicio ilógico o inexacto. Los individuos relativamente poco calificados sufren de superioridad ilusoria, porque tienden a pensar que saben mucho más de lo que realmente saben y se consideran más inteligentes que otras personas más preparadas.
¿Por qué sucede? Porque las habilidades necesarias para hacer algo bien son justamente las habilidades requeridas para poder evaluar correctamente si algo se hace bien. Es decir, el inepto sufre de una discapacidad metacognitiva de reconocer su propia incompetencia, la verdadera dimensión de su incompetencia y el grado de competencia de otros. El estudio también sugirió otro corolario, y es que las personas altamente competentes también asumen erróneamente que los demás son, o deben ser, igual o más competentes.


La superioridad ilusoria se relaciona con el sesgo optimista; los seres humanos siempre predecimos resultados positivos de nuestras acciones, aunque la experiencia nos demuestre lo contrario. Ya sabemos que las emociones literalmente transforman la memoria y se encargan de ayudarnos a visualizar escenarios optimistas del futuro. Estos sesgos, bien que mal, han ayudado a la humanidad a asumir grandes riesgos en su historia. Poco hubiéramos logrado para sobrevivir si hubiéramos entendido la magnitud de las hazañas que emprendíamos, desde el momento que empezamos a evolucionar para adaptarnos a la vida sobre la tierra.
¿Cómo evitar llegar a conclusiones erróneas, tomar decisiones desafortunadas o quedar como idiotas sabelotodo? Para contrarrestar el efecto Dunning-Kruger, debemos informarnos, leer más y consultar a expertos. Debemos fortalecer nuestra propia autoestima, entendiendo que las personas no nos atacan, sino que enriquecen nuestro entendimiento, cuando opinan de forma distinta. El verdadero pensante es autocrítico, evita tomar posturas para no basarse en sus primeras impresiones, sustenta sus posiciones con hechos y datos, muestra empatía con los puntos de vista de los demás y entiende que las cosas son, rara vez, lo que aparentan ser.
El idiota sabelotodo, en cambio, cree que toda pregunta tiene una sola respuesta. Prescribe diagnósticos y soluciones para todo y todos, pero no hace nada por nadie, ni siquiera por sí mismo. Agota rápidamente sus argumentos y no piensa dos veces antes de insultar a otros. Decía Lao Tzu que “saber que uno no sabe es lo mejor. Pensar que uno sabe, cuando no sabe, es una enfermedad. El reconocer esta enfermedad como tal es liberarse de ella”. Todos somos incompetentes, en distintos grados. La esperanza es que somos perfectibles.