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Por espíritu solidario la población aceptó la restricción vehicular, pero esto no reemplaza la obligación del gobierno de eliminar tráileres y reestructurar el sistema público de transporte de personas

El heroísmo de ir al trabajo

Un verdadero atentado a la salud son los viajes en autobús que deben realizar diariamente las personas para ir al trabajo y regresar a casa, agotadas y con alto grado de estrés. Horas y horas perdidas de presa en presa. Y todo a causa de la pésima organización y malas condiciones del servicio que en general prestan las empresas a cargo de este transporte. Igual problema sufren los estudiantes.
Las promesas de que se empezaría a mejorar algo la situación mediante líneas intersectoriales que permitieran ir de un barrio a otro sin tener que pasar por el casco céntrico, se vinieron abajo por la apelación de una empresa autobusera defendiendo sus intereses.
Pero… ¿Quién defiende los de las personas? ¿Alguien con poder de decisión realmente vela por ellas para que no tengan que seguir sufriendo lo mismo? La realidad responde que no.
En vez de poner en marcha (no contratar estudios) estrategias para descongestionar el centro de la capital, la única ocurrencia fue que la población asumiera la responsabilidad de bajar en alguna medida el tráfico imponiendo restricción vehicular.
Algunos lo hacen, conscientes como son del daño al ambiente. Otros intercambian vehículos el día antes a la restricción con familiares y amigos ocasionando mayor consumo y contaminación aún.
Lamentablemente, el espíritu solidario y de respeto al ambiente que domina entre la población, por mucho que la mueva a aceptar la restricción vehicular, no reemplazará la obligación de hacer una adecuada reestructuración del sistema público de transporte y eso únicamente el gobierno puede llevarlo a cabo. Sin embargo, el anterior no lo hizo y el actual, hasta la fecha, tampoco.
Otro grave problema es la cadena interminable de tráileres que atraviesan la ciudad a todas horas por cualquier vía, desde las más angostas, sinuosas y con grandes pendientes, hasta las más céntricas y atiborradas de autobuses y automóviles.
La regla pareciera ser: aquí cada quien haga lo que le plazca. Estos tráileres inclusive, al igual que algunas líneas de autobuses, toman cualquier calle, en ciertas zonas de la ciudad, para utilizarlas como estacionamiento. Como si las empresas que son sus dueños lo fueran también de las vías públicas. ¿Por qué no se pone orden en estos casos? ¿Por qué la ruta intersectorial sigue en nivel de proyecto? ¿Por qué no se ha remediado aún el error de haber desmantelado los ferrocarriles para sustituirlos por tráileres? Los gobiernos se suceden, ciertos sectores obtienen sus ventajas, sin que haya respuestas ni soluciones para la población.




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