Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

Enviar
Lunes 11 Enero, 2016

Reducir la emisión de gases de efecto invernadero tendría, según el Banco Mundial, un costo anual de 140.000 a 275.000 millones de dólares, ¿quiénes van a pagar esa factura?

El futuro nos alcanzó

El miedo y la maternidad son un mismo estado: soy madre, ergo, tengo pánico. Esa sensación de desasosiego que nos acompaña desde el momento que sabemos que estamos embarazadas no se calma jamás. Puedo recordar algunos de los temores que mi madre sentía por mí y evocar también como yo los minimizaba desde mi rol de hija. Ahora respeto el espanto.
Hay aprehensiones que se mantienen: las que tienen que ver con la salud, con la dicha, con la seguridad. Otras cambian en cada generación. Mi mamá nunca tuvo que preocuparse por los efectos que podrían experimentar sus hijos ante el calentamiento global, simplemente porque este “no existía”.
Aunque hace 120 años el científico sueco y premio nobel de química Svante Arrhenius descubrió la relación entre el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera y el incremento de la temperatura, no fue sino hasta la década de los 80 que el cambio climático empezó a ser un tema entre los no científicos.
Nos empezamos a preocupar por el agujero de la capa de ozono y leíamos las etiquetas intentando adquirir aerosoles que no contuvieran compuestos clorofluorocarbonados, que luego fueron desapareciendo de los electrodomésticos refrigerantes.
La contaminación atmosférica ya era un tema evidente y visible en las grandes ciudades, aunque creíamos que el problema era reversible y solo afectaba a los que vivían en ellas. Después de todo, Londres había sufrido tantísimo con el hollín en el aire que se prohibió la quema de carbón en… ¡1272!
Y aunque desde la antigüedad y a partir del inicio de la agricultura, los hombres iniciaron la deforestación del planeta, en Costa Rica la protección de los parques data de 1970. De manera que estábamos —estamos— muy orgullosos de la conciencia forestal de nuestro pequeñísimo país.
En el primer lustro de los 90 fui mamá dos veces y, la verdad, no me angustiaba el futuro en general, posiblemente por irresponsable. Aprendí, más con mis hijas en la escuela que con cualquiera, a reciclar, a evitar el despilfarro del agua y la electricidad, a pensar en el ambiente. Y uní esas preocupaciones a las que siempre tuve: por los seres humanos y la economía que los regía.
El 12 de diciembre pasado los 195 países que participaron en la Cumbre del Clima aprobaron en París un acuerdo para “controlar” el cambio climático. Los altos funcionarios de la ONU celebraron como si de un triunfo se tratara. Bueno, sí, claro, el acuerdo justifica sus puestos, sus altos salarios, sus excelentes jubilaciones. En síntesis: su futuro. No el de nuestro planeta.
Reducir la emisión de gases de efecto invernadero tendría, según el Banco Mundial, un costo anual de 140.000 a 275.000 millones de dólares, ¿quiénes van a pagar esa factura?
Mientras se realiza una nueva cumbre para volver a discutir sobre qué se puede hacer sin lograr llegar a soluciones efectivas, las sequías, las inundaciones, el frío glaciar y las altísimas temperaturas seguirán matando a miles de personas que no tienen, ni siquiera, el privilegio de sobrevivir.


[email protected]