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Los actos violentos que se viven en los estadios corren parejas con el alarmante ambiente de inseguridad que agobia a la ciudadanía
El fútbol debe proscribir la violencia

El fútbol costarricense, que como deporte debería ser expresión de cultura y agente democratizador, ha pasado a convertirse en sinónimo de violencia y destrucción, en desenfreno de pasiones, instintos, golpes y sangre.
Ya no es más aquel entretenimiento colorido y alegre con el que la familia se divertía sanamente los fines de semana, y esta degradación coincide en el tiempo con su transformación de deporte espectáculo a negocio espectacular.
Aun así, siendo una industria que mueve cifras exorbitantes, su aporte al Estado a veces no es consecuente con la realidad, ya sea por inexactitud en el reporte de planillas, por atrasos en el pago de cargas sociales o un manejo de las finanzas que en ocasiones debería tener mayor claridad.
Al alero de este deporte medra además una economía subterránea basada en la reventa y falsificación de entradas; comercio de indumentaria pirateada, licores y comidas.
La paga al futbolista, que un día cumplió un papel democratizador, ha ido creciendo desmesuradamente hasta dejar a los clubes en incapacidad para atender sus deberes con la sociedad y el Estado.
Lo que antes fue cantera de seleccionados para el representativo patrio, tiende a tornarse en foro de mercenarios, cuyo ideal es el utilitarismo.
Muchas veces y de múltiples maneras se ha exhortado a los dirigentes de fútbol para que dejen su pedestal y pongan en manos de equipos multidisciplinarios el rumbo de este fenómeno de masas, como economistas, sociólogos, antropólogos, psicólogos, médicos, para que este deje de ser monopolio de periodistas deportivos, fanáticos y augures... intento vano.
Mucho hay de cierto en que los costarricenses amamos la paz, que no vemos el terror como opción para solucionar diferencias, pero los actos violentos que se viven en los estadios contradicen el civismo que nos ha caracterizado y corren parejas con el alarmante ambiente de inseguridad que agobia a la ciudadanía.
Lamentablemente, decir no a la violencia implica en este momento devolverle su espíritu al fútbol como deporte.
Es hora de que los amantes del deporte busquemos opciones menos agresivas, con un poquito más de clase.


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