Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 8 Abril, 2010


De cal y de arena
El estigma de esta legislatura

2006-2010, cuatrienio que la historia patria marcará con el estigma de la reducción a papel quemado del principio de la división de poderes y de su derivación fundamental, la regla de los frenos y los contrapesos entre los poderes del Estado.
Es esta legislatura que dichosamente está por concluir sus funciones, la que lleva el baldón de la renuncia del control político, obra y gracia (o desgracia) de una mayoría construida mediante las malas artes del favorecimiento personal (los nombramientos de familiares), la facilitación de influencias (el toma y daca) y la prodigalidad en la canoa (para solaz y esparcimiento de ciertos personajes que llegan al Parlamento sin proyecto político ni posición de principios pero sí con vocación de gorrones).
Esa mayoría se movió con docilidad al son de las trompetas y los tambores para acatar el mandato de la Casa Presidencial y se convirtió en la tapadera de los muchos fracasos, errores y deformaciones de la verdad que de otro modo —bajo el imperio del control político-— hubieran salido a flote y forzado a la rectificación, a la buena gobernanza y al respeto al disenso. Fue la facilitadora de un proyecto político que permitió al presidente Arias asentar influencias en los principales órganos del poder y reducir a declaración celestial toda la estructura institucional que acompaña el funcionamiento de la división de poderes.
Las reglas de juego propias de la democracia han caído ante el embate de una aplastante concentración de poder, jamás vista en la historia de Costa Rica .
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Si solo fuera para rescatar el control político y poner a buen recaudo el sentido y el significado de la división de poderes, se impone sin margen a dudas que la oposición asuma el control del directorio de la Asamblea Legislativa en este cuatrienio para posibilitar, así, la resucitación del equilibrio en el ejercicio del poder con los frenos y contrapesos propios de una democracia. Al fin y al cabo las urnas negaron al oficialismo el dominio del Parlamento. Pero hay más: con un gabinete tan gacho (no por ausencia de luces intelectuales mas sí por la pasmosa ausencia de experticia política) es obligado reconstruir el control político y devolver al Congreso su misión contralora y equilibrante ante la perspectiva de que el único centro de poder claramente definido dentro de la nueva administración y conocido por sus dominantes posiciones —el vicepresidente Liberman— profundice la devastación del Estado Social de Derecho, en dadivosa aceptación de las presiones de la clase financiera.
No se desvele la oposición por ser “constructiva o propositiva” (como dicen los acólitos del statu quo) pues para gobernar, para proponer, para tomar la iniciativa están doña Laura y los suyos. Preocúpese, sí, de hurgar en estas propuestas, de reoxigenar a la falleciente democracia, de hacer realidad la división de poderes, de rescatar el control político y la rendición de cuentas, de devolverle a Costa Rica el juego limpio como exigencia clave en la función pública. Ese será el marco idóneo para emprender la gran tarea pospuesta: la modernización del Estado.

Alvaro Madrigal