Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 17 Noviembre, 2014

En una Costa Rica que ha demolido casi toda su historia arquitectónica y bota los objetos “viejos”, recrear momentos históricos es todo un tema


“El codo del diablo”: el documental

Me gustan las novelas de ficción y me apasiona la historia. Las biografías me fascinan. Sobre la historia argentina Tomás Eloy Martínez era el capo.
Me gusta ver producciones audiovisuales, sobre todo si son de manufactura nacional. Como me apasiona la historia, los documentales me encantan.
Hace un par de domingos, Alejo Crisóstomo, joven compañero de trabajo y talentoso cineasta, me invitó a una presentación privada del documental “El codo del diablo”, una coproducción a su cargo en la que, además, es el director de fotografía. Se trata de un trabajo excepcional.
Empiezo por el relato: investigación rigurosa; excelente escogencia del orden de la información expuesta; un guion que nos lleva racional y emocionalmente a un destino escogido por los creadores: Ernesto y Antonio Jara Vargas.
Los testigos de los sucesos le dan credibilidad al género documental. En “El codo del diablo” una viuda, cuatro hijos y un nieto de las víctimas exponen sus recuerdos vividos personalmente o contados por sus parientes. La presencia en la Sala Garbo de estos personajes aumentaron la emoción al final de la película.
Las dramatizaciones, que se utilizan mucho en el género documental y son difíciles de realizar, aquí son apenas un esbozo, sutiles imágenes que ilustran lo que relata la voz en off, escenas referenciales logradas con verosimilitud y belleza.
En una Costa Rica que ha demolido casi toda su historia arquitectónica y bota los objetos “viejos”, recrear momentos históricos es todo un tema. En este documental, la dirección de arte, a cargo de Kattia González, consigue llevarnos a 1948 sin que “brinquemos” en el asiento por incongruencias de época.
“El codo del diablo” supera los fallos en guion, dirección de actores y arte, que siguen siendo una constante en la producción audiovisual costarricense, y, además, cumple con los niveles de exigencia en los aspectos técnicos, alcanzando imágenes hermosas y muy expresivas; sonido óptimo y música que acompaña las emociones.
La edición, que siempre es otro guion, aporta sentido y está pulcramente realizada por Clea Eppelin.
Mi única crítica: la falta de cintillos con los nombres de quienes hablan. En algunos momentos, sobre todo cuando la voz en off pasa de un personaje a otro, es difícil seguir el relato. Al final, con las fotos de los protagonistas al lado de las de las víctimas, resulta evidente que se trata de una decisión de estilo. No es la más acertada.
Para los que ignoran qué es el Codo del Diablo, les cuento: no solo es un lugar geográfico por donde pasaba la línea del tren al Atlántico, también es el espacio simbólico donde fueron asesinados, a sangre fría, en diciembre de 1948, seis inocentes: cinco costarricenses y un nicaragüense.
Considerando la calidad de este documental de factura nacional y su aporte al conocimiento histórico de las nuevas generaciones, estoy convencida de que todos los jóvenes deberían verlo. Insto al Ministerio de Educación y al de Cultura y Juventud a que lo incluyan en sus programas. Es de apreciación obligatoria.
 

Claudia Barrionuevo

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