Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 19 Enero, 2008

ELOGIOS
El celular

Leopoldo Barrionuevo

En mi niñez, pocos hogares tenían teléfono que por entonces eran negros, con bocina y horquilla y se pedían prestados, en especial en los almacenes de barrio que eran los proveedores de libreta negra de hule donde se anotaban las compras que se pagaban quincenalmente, caso contrario, se cerraba el crédito. Era la herramienta predilecta de los que levantaban juego, pese a las persecuciones.
Bueno, tampoco había televisión y la radio enorme, de madera, era la diosa del hogar en especial cuando alrededor de las cinco de la tarde comenzaban las radionovelas y más tarde, hacia las ocho, los programas de tango en vivo y con auditórium (así se decía entonces) y como a las nueve, Radio del Pueblo transmitía en directo desde los mejores teatros; si a ello agregamos los bailes de jabón Federal y los relatos futboleros de Fioravanti, Borocotó y los Sojit hay que reconocer que nuestra imaginación volaba hasta darnos las figuras que no veíamos con nuestros ojos, pero que dibujábamos en alguna parte de nuestros corazones.
El cine era la cuota costosa que nos conducía a ahorrar los 0,20 semanales para encender el sueño de aquellas figuras inalcanzables como las de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en “Casablanca” y las de tantas estrellas en el firmamento de la Metro, la Paramount o la Warner Bros.
Había muy pocas casillas telefónicas y era precisa una dosis de paciencia para soportar la estúpida charla de las viejas chismosas o las románticas sandeces de los enamorados y hablabas largamente toda vez que no pagabas impulsos y no existían restricciones para recargar la factura telefónica si te excedías, simplemente te excedías.
Si no tenías palomas mensajeras no te enterabas de muchas cosas y nadie se moría por eso; los chicos no se estresaban y el fútbol era una pasión que no se pagaba con el riesgo de la vida.
En el verano, los vecinos sacaban las sillas a la calle y establecían diálogos las más de las veces intrascendentes, pero al menos conversaban; en los cumpleaños y en las fiestas se bailaba en la calle y de jueves a domingos, los clubes de barrio convocaban a las orquestas de típica y jazz del momento y los incipientes noviazgos prosperaban en el baile, bajo la vigilancia de las matronas jugando el rol de chaperonas.
No eras más feliz, pero no te preocupaba tal vez porque la felicidad formaba parte de lo cotidiano y no te cuestionabas más allá de tus jóvenes años la ventaja de no vivir en una sociedad de consumo en la que lo máximo objetivo era poseer cosas que ni siquiera disfrutabas, simplemente no las tenías y los otros tampoco.
La vida no pasaba por tener más que otro ni tenías que “viajar” por un mundo de alcohol o drogas para ser momentáneamente feliz porque sabías que todo era momentáneo y había que disfrutarlo antes de que se acabara, pero en plenitud.
Y los teléfonos celulares, dado que no existían, no eran objetos dignos de uso o de robo y mucho menos, “de última generación”.
Yo, que no he podido descubrir cómo se recupera una “llamada perdida” y que me he cansado de aprender la nueva tecnología de manejo y cuando voy por la mitad aparece otra, prefiero la conversa en voz baja, musitando apenas para distinguirme de tanto idiota que en un lugar público grita como energúmeno por el celular como si el mundo de alrededor no existiera.
El mundo de la tecnología es maravilloso, en especial cuando se masifica, pero lo sería mucho más si se revistiera con un poco de pudor, siquiera una pizca.

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