Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 25 Octubre, 2008

ELOGIOS
El taxista

Leopoldo Barrionuevo

Ante todo quiero advertir que yo tengo un taxista que no es mi socio pero lo parece y se llama Eladio, aunque él desconoce el origen de su nombre y nunca se lo he dicho, pero cuando se entere no se cambiará por nadie, si bien es cierto que en la actualidad tampoco se cambia por nadie.
Eladio significa el que vino de la Hélade, es decir, de Grecia y es un nombre que trae reminiscencias históricas profundas, como que une a la primitiva Grecia creto-micénica, los Balcanes, el Mar Egeo y la península de Anatolia en Turquía, para constituir la civilización helénica.


Yo le cuento esas historias y Eladio disfruta, además de que es el modo de evitar que mantenga la radio en una sola estación, que es la emisora evangélica. Porque Eladio es cristiano de tiempo completo y está ansioso por convertirme. Es que lo considera una misión sagrada, una especie de cruzada por lo cual recibirá una recompensa en la otra vida. Y debo confesar que admiro su empeño y su persistencia a toda prueba salvo cuando las cuestiones de fe se le van de la mano y las convierte en un axioma inevitable: Palabra de Dios.
Como les dije, es taxista y este oficio me permite echarle todo tipo de cuentos en una estrategia ofensiva que intenta evitar que me los eche él. Es un tipo respetuoso que conoce todos los vericuetos de la ciudad y se saluda con cuanto chofer de carro naranja circula por San José y alrededores. Solo le permito hablar en los viajes largos porque Eladio es un conversador que expresa en treinta y dos palabras lo que se puede decir en cuatro, es decir, es un narrador con una maría que estira sus relatos con el taxímetro marcando.
Entre sus convicciones más acendradas figura la de que las mujeres no saben manejar y que hoy recibe licencia cualquiera, y entre sus vicios más nefastos está el de vivir permanentemente atado al celular, Eladio es marido, hermano, padre e hijo todo junto, pero a través de la telefonía móvil con un agravante: mientras habla tiene otras comunicaciones en espera, toda la familia lo llama y da consejos, regaña, tranquiliza, protesta, explica y lleva de a ratos a Dios de copiloto porque constantemente lo presta un ratito para que otros lo disfruten, dice: que Dios me lo acompañe y Dios retorna siempre a su lado. Por eso me gusta viajar en el asiento trasero, de esa forma estiro mejor mis piernas y le dejo el espacio a Dios para que lo ayude a conducir porque no me confío de sus distracciones.
Cuando tengo un compromiso, se trate de una conferencia, un seminario o la participación en otro tipo de evento me pide le avise con tiempo para traerse una camisa bien planchada porque le encanta acompañarme y escuchar mis clases, pero en ese caso tenemos un acuerdo tácito por el cual lo presento como mi asistente en vez de taxista, algo que es verdad en la medida que maneja mis depósitos bancarios y me realiza las vueltas más serias con absoluta responsabilidad.
La retribución a esas invitaciones, Eladio me las paga llevándome a comer una sopita de mariscos a cantinas para iniciados que solo él descubre escondidas tras las paradas de buses del camino. Ahora insiste en llevarme a la casa en Heredia, a probar un mondongo especial que prepara la Doña.
En otras palabras: somos muy injustos cuando tratamos peyorativamente al gremio de taxistas tal vez porque etiquetamos en exceso y abarcamos a demasiada gente cuando hablamos mal de ella. Los políticos no tienen mejor prensa.
El que vino de Grecia lo demuestra, claro que como además su apellido es Delgado y no lo parece, tampoco debe provenir de la Grecia clásica, sino de la menos milenaria Grecia alajuelense. Pero es un personaje.
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