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El poder de la mente

Gaetano Pandolfo
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La voladera de puños de Winston Parks al término del partido; la agresividad de Kenny Cunningham en el terreno de juego: la entrada violenta del pacífico Pablo Herrera a Michael Barrantes en la agonía del cotejo fueron todas señales de frustración.
Luego, en los vestuarios, Jeaustin Campos, Walter Centeno y Try Bennett lo expresaron con suma claridad.
¡Mentalmente somos mucho más fuertes que ellos!
Y tienen razón.
La estadística nunca miente y esta cadena de clásicos ya tan larga en que Saprissa no le ha permitido a su acérrimo rival
ni una sola victoria, se ha convertido con el paso del tiempo, uno, dos, tres, cuatro campeonatos; dos, tres, cuatro años; diez, trece, veintiocho meses, en un asunto traumático no solo para los jugadores de la Liga, sino y especialmente para su afición.
Saprissa le ha pasado por encima al Alajuelense futbolística y mentalmente, y por eso no se cansa de festejar en casa ajena, porque cuando, como ayer, llega al Morera Soto con ventaja, aunque sea mínima, la mente traiciona las buenas intenciones de los jugadores rojinegros que, obligados a revertir un resultado en contra, terminan ahogándose entre las implacables manecillas del reloj.
Y esto también lo dijo ayer el veterano líder del equipo, Harold Wallace: “el 1-0 en contra nos obligaba a meter un gol y como no pudimos hacerlo, conforme el tiempo avanzaba la presión nos tragó”.
Saprissa se le montó a la Liga g
racias no solo a los goles, sino al poder de la mente; en el clásico de ayer vimos tres jugadas casi consecutivas en que después de que los jugadores morados sacaron ventaja en la acción, increparon verbalmente a sus rivales como diciéndoles: ¡señores, aquí mando yo!
Se lo hizo Andrés Núñez a Pablo Herrera; Gabriel Badilla a Winston Parks y Jervis Drummond a Kenny Cunningham; en las tres jugadas que ganaron los morados, una vez terminada la acción a su favor, llegó la intimidación de palabra, reflejo de quien se cree y ha sido superior.
El partido que se soñó Luis Diego Arnáez no se pudo llevar a cabo; los cinco goles que el Alajuelense le anotó a Pérez Zeledón en menos de media hora, no se repitieron; y no había que meter cinco, bastaba con uno para empatar la serie, pero tampoco este llegó.
Ya se sabía que el Alajuelense no iba a jugar solo y meter los goles que quisiera, tenía enfrente al hoy tetracampeón nacional que desde luego iba a oponer un partido inteligente, conocedores sus grandes líderes como Drummond, Cordero, Badilla, López y Gómez que el transcurrir de los minutos sin que la gotera se abriera, dese
speraría al anfitrión.
Jeaustin Campos, joven director técnico de pensamiento inteligente, fue llevando el ritmo del partido a los territorios que le convenían al Saprissa y jugó, desde luego, con el ansia y la desesperación del apretujado contrincante.
Cedió la iniciativa sin renunciar al contraataque; confió en su retaguardia, en su juvenil portero Keylor Navas de dos paradas impresionantes; en la virtud y colocación defensiva de sus veteranos zagueros, injustamente señalados como terminados hace pocos días por el dueño del equipo Jorge Vergara, supuestamente al calor de la pérdida de apuesta millonaria. No se dejaron espacios en el medio campo, donde López, Borges, Alonso y Gómez vieron a sus rivales jugar sin pasar, tener la bola sin peligro y corretear sin razonamientos, zona en la que sucumbieron y defraudaron Eliseo Quintanilla y Pablo Gabas.
Y, como siempre, como ha sido ritual y costumbre hace mucho, pero mucho rato, en una que va y otra que viene, el contragolpe que se liga, el ataque fulminante, los tres o cuatro pases precisos y la bola en la red del siempre bueno Wardy Alfaro.
¡Gol de Saprissa!
Ya la serie estaba 2-0 y no había nada que hacer.
Wardy recogió una botella con refresco escondida en su cabaña mientras sus compañeros, no todos, se dedicaron a desahogarse sacando furia y frustración por rutas equivocadas.
La mente, la poderosa mente, de nuevo venció al fútbol.
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